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Alcàsser no deja de suceder

 

Por Carolina León

¿Por qué retrotraerse al crimen de Alcàsser para construir un análisis del discurso sexista y de su capacidad para amoldar actitudes y domesticar estilos de vida? ¿Desde aquel 1992 nuestro entorno no ha aprendido nada? ¿La televisión y la prensa escrita no han dejado de narrar “sucesos” de violencia sexual o asesinatos machistas exclusivamente en clave individual, cuestionando a la víctima (por dónde andaba, qué ropa llevaba, cómo se relacionaba) y exculpando o suavizando la responsabilidad del victimario (“siempre saludaba en el ascensor…”)? Así es, para aquellas que estéis cabeceando: poco ha cambiado todo.

Tengo pocos recuerdos del episodio que mantuvo en vilo a todo el país durante seis meses y hasta cuatro años más tarde, las “desapariciones forzadas” (como insiste en llamarlas la autora) de tres jóvenes valencianas; en mi casa por entonces estaban prohibidos los canales privados. Aún así tengo inscritos los nombres de Miriam, Toñi y Desirée y sus historias como “lo que te puede pasar” si te saltas algunas normas. ¿De qué normas estamos hablando? ¿Qué actitudes o comportamientos justificarían el rapto, violación, tortura y asesinato de tres adolescentes? Era muy joven, éramos todas muy jóvenes y también lo era nuestra “democracia”, así como los logros del movimiento feminista que había acompañado el final del franquismo y la transición. Por eso, sobre todo por eso, este libro revisa algo que resulta fundamental.

Según Nerea Barjola en esta Microfísica sexista del poder, el relato (que no el “suceso”) de Alcàsser habría constituido una baza reaccionaria contra las incipientes libertades (de movimiento, de acción, sobre sus cuerpos o sus decisiones vitales) conquistadas por las mujeres muy poco tiempo atrás, y mal asentadas por entonces. A lo largo de la lectura de este libro se puede sentir que aquella sobreabundancia mediática fue algo así como el castigo colectivo que se le planta a todo un aula cuando uno solo entre cuarenta alumnos ha dejado caer el lápiz; o como un estado de sitio implantado en una ciudad tras unas barricadas purificadoras. Pero se trató de otra cosa, más sutil y más total. Más libidinal. Se trató de aplicar un microscopio minucioso sobre las vidas, los cuerpos (torturados, muertos) y la biografía de las víctimas, sobre los que las rodeaban, sobre sus amistades y costumbres, cada noche durante semanas y meses en horario de máxima audiencia, para (re)instalar domesticación y disciplina no directa, sino incorporada en toda una generación de mujeres. O más.

Se trata, según la autora, de la disciplina del terror sexual a través del relato, diseminado en cientos de horas de programas y piezas escritas. Barjola hace este ejercicio y convence. Sin amarillismo ni morbo, como investigadora y analista, describe el contexto: algo más de década y media después de la llegada de las “libertades democráticas”; tras el recorrido de la lucha feminista, que hasta entonces se asienta en micropolíticas antes que en cambios a nivel macro; y revisa todo el proceso del caso, desde la desaparición de las tres jóvenes hasta el juicio, con el foco puesto en qué contaron, exhibieron y expandieron los medios, armada de algunas herramientas discursivas (Foucault, Agamben, Butler, y otros cuantos) y algunas de investigación, como las historias de vida de mujeres que incorporaron todo aquel terror a su devenir cotidiano.

Biopoder, estado de excepción, nuda vida, tierra de nadie: para aceptar que tres jóvenes fueron desaparecidas en un pueblo valenciano, contra su voluntad, y todo lo que ocurrió después, hace falta establecer una jerarquía de las vidas y unos condicionantes eximientes (o culpabilizadores) de la violencia. Barjola nos pone frente a un espejo incómodo, el mismo que muestra una sociedad que acepta sin mucho tembleque las 50-70-100 muertes por violencia de género cada año. ¿Fue la sociedad española la que torturó y asesinó a estas muchachas? No, pero las juzgó de forma colectiva, a través de su relato.

No es difícil canalizar a través de este libro otros relatos recientes de violencia sexual, por poner un ejemplo el caso de “la Manada”: cuestionamiento mediático y social; culpabilización de la víctima; exculpamiento (o intento de) de los denunciados. Pero en 1992 no se contaban con las mismas herramientas de análisis del discurso, y el movimiento feminista, muy presente y activo en la transición, había quedado de algún modo arrinconado ante tanta “libertad sin ira” como de pronto disfrutábamos. Así que no fue difícil recurrir a la espectacularidad, el morbo y toda la parafernalia (en un momento de despegue de nuevas cadenas compitiendo por la audiencia) para generar un relato que hiciera retornar a las nuevas generaciones de mujeres a “su lugar”. Eso consigue hacer este ensayo: radiografiar las estrategias del disciplinamiento de los cuerpos y vidas de las mujeres de aquel momento, y su ola de influencia hasta el presente.

Todo eso lo procuró el “relato del terror sexual” anclado en el caso Alcàsser. Uno que no ahorró suciedad ni carta marcada, que destripó hasta el último rincón de la intimidad de las mujeres y que vistió a los presuntos ejecutores de hombres aproblemados o fallidos (y, por si fuera poco, homosexuales). A través de este análisis, el último tercio del libro se dedica a describir la influencia ejercida en aquellas a las que estaba destinado. Mujeres que aprendieron, a través de la exhibición minuciosa de las torturas que sufrieron las jóvenes, que no debían ir solas (sin hombres) a sitios apartados de los núcleos urbanos; que no debían hacer autostop (práctica donde se inscribían todos los peligros imaginables); que su libertad de movimiento estaba condicionada y coartada; que sus cuerpos eran territorios a invadir en cualquier circunstancia y que la culpa siempre la tendrían sus decisiones y estilos de vida; que debían contar con la protección de los “hombres buenos”; mujeres que sabrían por siempre jamás que si sufrían un asalto, una agresión, una violación o cualquier otra amenaza sería por su culpa y responsabilidad. El crimen de Alcàsser extiende sus tentáculos hasta nuestros días y ninguna, ni ninguno, de nosotras hemos evitado transmitir a las más jóvenes la prevención sobre sus trayectos, ropa, porciones del cuerpo a exhibir, elección de compañía. No todo es Alcàsser, pero Alcàsser no deja de suceder.

“Los relatos”, dice Barjola, “son campañas de terror sistemáticas con un objetivo específico: el control y la vigilancia sobre el cuerpo y las actitudes de las mujeres”. Microfísica sexista del poder es una adaptación de su tesis, y esto no es un problema para su lectura y comprensión, aunque a veces el lector desea ver los argumentos extenderse hacia otros episodios del presente con los que el caso, obviamente, se conecta. Pero su detalladísimo análisis del discurso es una herramienta de por sí, y por tanto un contra-argumento. Algo como aquel crimen sexual ya es difícil hacerlo pasar por una consecuencia de las actitudes de la víctima, aunque queda mucho camino por delante. Hemos cambiado, crecido y mejorado las armas con las que oponernos a los “relatos del terror sexual”, que no han dejado de existir. El movimiento feminista se ha dotado de nuevas herramientas y hoy es capaz de contestar con “contra-representaciones” que son “el mejor antídoto contra el universo victimista, culpabilizador, agresivo y violento de las retóricas patriarcales”. Esto es: que lo que te suceda es responsabilidad tuya, ya sea por ponerte esa ropa o por andar por esa calle. Y una “contra-representación” acertada, afilada, atinada y viral fue el lema #MeToo, tan vital para tantas mujeres.

Quizá esas contra-representaciones de las que habla la autora hacia el final no podrían haber evitado un crimen como aquel, pero sí podrían haber dado fruto a un relato distinto, en el que no se revictimizara a tres jóvenes desaparecidas y asesinadas por querer llegar a divertise en una discoteca, veintiséis años atrás. Enfangarse ahí, hoy por hoy, es imprescindible para abocarnos a un tratamiento de la violencia sexual que ponga cada cosa en su lugar. Las jóvenes de Alcàsser no fueron víctimas de un “suceso” por los errores cometidos, sino víctimas de un sistema patriarcal que toma vidas cuando lo cree oportuno y aprovecha para dar lecciones a todas las mujeres mediante sus agentes sociales, propiciando la autocontención y el cohibimiento de aquellas para mantener el statu-quo. Este libro es una herramienta excelente para una nueva lectura del terror sexual.

 

 

Reseña publicada en Estado crítico, 9/04/2018

 

 


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