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Rastros de rostros: Un gran libro, espejo de combatividad

Por Frank Mintz

Gran libro es este, un espejo de una combatividad que hace falta hoy por hoy, y un espejo de buena parte de los familiares de los luchadores que reniegan de sus propias raíces, y espejo de las inquietudes del historiador que honra a sus abuelos (lo que se sabe en las últimas páginas) y un largo centenar de sindicalistas y anarquistas desconocidos, en la base siempre y que dejaron sus huesos tanto en la lucha contra el fascismo católico hispano, como en los Hechos de Mayo (organizados por catalanistas y comunistas) y campos de concentración nazi, y uno al salir del gulag leninista (después de que el Ejército rojo lo sacara de un campo nazi), Manuel Bolufer que no aparece en los sitios en ruso.

El autor se vale en este viaje por el pasado de diálogos o monólogos sobre la posibilidad o el interés de tal empresa. Y cita testigos, allegados que prefirieron, como Rosario, replegarse en un «no me acuerdo de nada, ni de mi padre ni de mis tíos». O despedirse, en el caso de Juan, con un «no sé nada de aquellos tiempos ni de ellos». Bastantes optaron por «mejor dejar correr aquellos años», y algunos añadieron un «de qué serviría ahora removerlos». También algunos aludieron a que «es que entonces era un crío» o «nunca quisieron explicar nada». Otros menos se excusaron recurriendo a «lo siento, se equivoca» o «no, no tengo nada que ver»; y, nada más colgar el teléfono, se me disparaban las dudas y anotaba: «no, pero» (p. 380) (1).

De hecho, cuando se lee y hojea el libro, el cúmulo de fotos personales, de cartas, son un aporte directo de muchos familiares para rescatar de la nada a sus antepasados. Y Pere López Sánchez añade tres grandes cualidades: -una selección breve y eficiente de extractos de la prensa de la época, de expedientes policiales, que acompañan muchos capítulos; - una erudición y un conocimiento desde horas y horas en archivos variopintos, hemerotecas, que le ahorran las notas; - el rescate de los anónimos. «Por loanzas de compañeros que compartieron momentos de luchas, reuniones, tertulias o simples charlas, las semblanzas militantes de Miguel Muñoz y Pantaleón Arteaga, al menos, podrán eludir el olvido» (p. 358).

De pasada hay que agradecer a la gente sensata que no quiso participar en la búsqueda del autor. Esta gente confía en un sistema bancario mundial mafioso, en un primer ministro medio delincuente (más rajado que Rajoy), en curas paidófilos y sores secuestradoras de bebés. Por supuesto, no toda la gente de orden es así, hay opusdeístas que se venden a las multinacionales, y la cosmopolita Repsol que manda sicarios para balear a indígenas latinoamericanos que pretenden poseer terreno con yacimientos petrolíferos. Esta estupidez es la misma que la de abuelos o tíos de esta gente que cultiva el olvido. Abuelos que lucharon -contra los sabihondos de la economía empresarial y políticos de las supuestas reformas lentas, seguras y progresivas- en conflictos laborales, luego con las armas en la mano y, bastantes de ellos, continuaron  «con la cabeza bien alta».

Después de este saludo a la gente de orden, un ejemplo que Comisiones Obreras y UGT aplican con creces en 2013.

La empresa Alena pisoteaba los derechos laborales, compañeros del sindicato CNT de la Madera de Barcelona, «plantearon el boicot total a la empresa y reclamaron la solidaridad del Sindicato del Transporte —en especial de los portuarios— para que no descargasen ninguna madera de la Alena, mientras ellos se encargaban de no manipularla en sus talleres y de que no funcionasen las máquinas en la carretera del puerto. La empresa, en su memoria del año siguiente, reconoció el enorme quebranto que le provocó aquel boicot: se estropearon casi 3.000 toneladas de madera en troncos que tenían en existencia y tuvieron que desviar los cargamentos flotantes hacia el puerto de Hamburgo. De poco sirvió que se intentara recurrir a borrar el nombre de Alena de los tableros que se pretendían distribuir o que algún avispado lo sustituyera por el de Susex. El Sindicato reaccionó poniendo en práctica aquel ingenio del label: procederían ellos a marcar con su sello —un triángulo con la inscripción CNT-Ramo de la Madera-Label— los únicos tableros que se podrían emplear para la fabricación de muebles u otros objetos.

»Mediado el mes de agosto, el conflicto y el boicot se dio por zanjado. Aquella compañía todopoderosa —de negreros, decían los obreros— firmó las bases del arreglo donde reconocía al Sindicato, readmitía a todos los obreros, abonaba tres semanas íntegras de jornal atrasado, se comprometía a abonar los gastos de curación y clínica derivados de aquella colisión sangrienta y al delegado —que quedó imposibilitado físicamente tras las graves heridas de aquel día— le daría un trabajo adecuado y se encargaría de cubrir su convalecencia.

»En la memoria de 1932, no en vano, se recogerá que, tras aquellos tropiezos, “actualmente Alena está en excelentes relaciones con todas las agrupaciones obreras y aun podemos afirmar que llegan a ser cordiales, resolviéndose amistosamente cualquier dificultad que se presenta». Bueno, era un decir, porque en junio del 36 los obreros protagonizaron otra enconada huelga que volvieron a ganar: los horarios se redujeron y los jornales se incrementaron considerablemente”» (pp. 153-154).

Otra epopeya fue la huelga de alquileres, con una gran capacidad organizativa. También la de la construcción del Metro. Hubo también muchas derrotas y víctimas entre estos combatientes que a la par anhelaban la cultura y montaron un Ateneo Cultural de Defensa Obrera (p. 91) y una escuela.

Señalar de paso que los intentos de catalanistas o ugetistas de implantarse entre estos trabajadores o fracasaron o apenas existieron. Evidentemente en sus excelsos análisis socioeconómicos de dirección que imponer al proletariado, allí se topaban con un tipo de lumpen imprevisible, insurgente, que había que castigar (Companys, pp. 120, 152). Trabajadorxs que prescinden de intelectuales y partidos guías y se auto organizan era un desafío intolerable para los capitalistas republicanos y los aprendices al servicio de la URSS.

Y desde el 18 de julio de 1936 estuvieron ell@s en todas las luchas horizontales: milicias en Aragón, patrullas de control, autogestión de las empresas, como la ya mentada  «Alena, la fábrica de contrachapados” (pp. 241-242). Con un directivo colectivista de la misma, Francisco Reyes que no dudó en luchar contra catalanistas y comunistas durante los Hechos de Mayo y que fue asesinado. «Para el buen gobierno, al que se adscribía Paco en aquella rutinaria nota, las tareas de despacho y la acción no tenían por qué andar reñidas» (p. 242).
Estos acontecimientos eran el resultado de la transigencia de los dirigentes de CNT y parte de la UGT con los republicanos ineptos para prever, contrarrestar y combatir a los golpistas fascistas católicos y, todavía menos, para resistir la injerencia soviética y sus domésticos hispanos que anunciaban la buena nueva del orden, la disciplina y su singular enfoque de la unidad.

L@s compañer@s de abajo «contra tanta acusación lanzada mediante insidias e improperios, reivindicaron que eran amantes de la disciplina, pero no de esa disciplina cuartelaría o conventual que les pretendían imponer, sino de la disciplina del deber entregada a encauzar la revolución» (p. 253)

«Desmantelar el orden revolucionario era entonces la prioridad, pues era el garante y baluarte último de aquella dinámica. De ahí el acoso a los comités, y por eso Rodríguez Salas fue nombrado comisario general de Orden Público. En su toma de posesión se estrenó con unas declaraciones que anunciaban su cometido principal: estaba dispuesto a acabar con los elementos incontrolados» (p. 256).

La victoria de catalanistas, comunistas y centralistas republicanos era por lo tanto la prevalencia del orden y del disciplinamiento con un ejército dirigido por expertos (soviéticos) por una victoria militar sobre el fascismo.
La paradoja es que ni a fines de 1937 y ni en 1938 nada cambió en la penuria de víveres.

[En] «”Relación de las diferentes opiniones del pueblo de Barcelona ante la situación actual”, el encargado por la Sección de Coordinación e Información relata los ánimos y los rumores que recorren la ciudad durante el mes de abril y los primeros días de mayo [de 1938]. Entre los más repetidos, transcribe lo que se dice en colas, barullos y mercados: muchos militantes de los sindicatos se niegan a ir al frente, pues acudir a la movilización era ir al matadero. Abundan también las muestras de abatimiento y desaliento -“pronto nos quedaremos sin agua y pan”; “es inminente el desembarco de los italianos”; “que entren los facciosos pues al menos comeremos”- y las referencias a las peleas en las colas por la escasez y carestía de los víveres; ésas sí eran el pan de cada día» (p. 272).

[El autor sintetiza informes cenetistas…] «el ambiente era patético, doloroso para ellos, pues una proporción muy considerable del vecindario [de barriadas proletarias] -entre los que se incluyen algunos que alardeaban de militantes de la Organización-, noche sí y noche también, corría a asaltar los campos [y la colectividad agrícola]; también los tiroteos eran sistemáticos y continuaban las borracheras a granel y el desenfrenado juego por las mesas de los bares. “Un desastre”, llegan a pronunciar» (p. 273).

«La escalera que empezaron a subir no llevaba al cielo, conducía al infierno» (p. 274).
La victoria franquista fue natural, añado en la medida en que el año 1938 fue para la URSS el de los tanteos y la puesta a punto de la alianza con la Alemania nazi, con la garantía de buena voluntad de la caída en picado de los envíos de armamentos rusos, sobre todo para la aviación.

Quienes lucharon por la revolución o intentaron sobrevivir cayeron bajo el yugo fascista. No fue el caso de tres compañeros fusilados por los republicanos, y uno de ellos se despidió así: «Recibir de mi parte mis más sinceros y cariñosos saludos que es lo único que puedo ofreceros, vuestro compañero que fue en vida y seguirá viviendo en vuestra mente» ([23.12.1938], p. 340, original de la carta p. 367).

Para l@s vencid@s «La Victoria se escribió con V de venganza y ellos y ellas lo saben, aunque prefieran callarlo, o no vocearlo» (p. 320). «El encarnazimiento -disculpen la erratade los nacionalsocialistas» (p. 339).
Ello no impidió que se lanzaran militantes más jóvenes a luchar en Barcelona en plena clandestinidad. Otros que habían capeado los ataques de fascistas alemanes y franceses, sin olvidar los de los comunistas de la UNE en el sur de Francia (con su peculiar concepto de la unidad que llevaron a cabo en 1936-1939) que el autor cita brevemente.

López Sánchez ha logrado restituir todos los alcances de la lucha por sobrevivir de los  «murcianos” en una zona acotada por los empresarios. Murcianos eran en aquel entonces los emigrantes económicos de cualquier parte de España. Y recibieron la solidaridad obrera del anarcosindicalismo de Barcelona que eligió a mediados de 1936 a un gitano, Mariano R. Vázquez, como secretario regional de Cataluña (como hoy en todos los sindicatos catalanes). Porque lo importante era la conciencia de que el cambio social lo podían emprender los mismos trabajadores, como lo escribió Carlos Marx en 1864 en los estatutos de la AIT.

Por eso, López Sánchez acaba su obra destacando: «Me he aventurado, tan sólo, a recorrer aquel prado rojo y negro que fue y se ha olvidado, ya sea por desidia o por inquina. Ha sido un discurrir en el recuerdo, recordando a los muchos hombres y mujeres que no dudaron en darle vida y por lo que a algunos, incluso, les quitaron la vida. Los perfiles de sus rastros, por peculiares que parezcan, no eran, no han cesado de repetirme, nada excepcionales. En otros tantos lugares, más o menos arrinconados, habitados por gentes en condiciones y situaciones similares, lo acontecido no fue tan diferente» (p. 385).

 


Nota
1 Un factor agravante es etiquetar a los descendientes con sus orígenes. De hecho es la historia desde 1929 hasta los años 1960 de una maniobra de la burguesía barcelonesa, creyente, catalanista, para apartar el barraquismo [las villas miseria] de la metrópoli con una intentona de disciplinamiento. Por su misma avaricia e idiotez, el patronato responsable de un conjunto de unas 500 casitas, denominadas  «Casas Baratas», dejó los habitantes sin alcantarillado decente (inundaciones repetitivas) ni escuela, ni servicio médico adaptado, ni escuela digna. Y ocurrió lo previsible: todo esta población emigrada de distintas provincias de la Península, curtida en la miseria, respondió con una fuerte solidaridad y la acción directa, rasgos consolidados por el anarcosindicalismo, a pesar de los constantes embates de las fuerzas opresoras y de las matones de los empresarios.
 

 

Reseña publicada en Foundation Pierre Besnard, agosto de 2013

 

 

  Rastros de rostros en un prado rojo (y negro)

06/09/2013 15:04:58

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