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El deporte puede ser perjudicial para la salud

Por Silvia Hernando

Lo que en la calle supondría un hecho chocante, casi tabú, en el estadio se convierte en liturgia. Cantar (o, en el caso español, tararear) el himno nacional, por ejemplo. Sobre las gradas, las consignas se transforman en salmos, y cada jugador se erige en referente: en una especie de semidios, un héroe a quien adorar y con el que sentirse identificado. Alarmado y fascinado a partes iguales por esta «plaga» de la época moderna, la propagada por el deporte de alta competición, el escritor y profesor universitario francés Marc Perelman escribió en 2008 La barbarie deportiva, un libro para el que creó una versión actualizada tras los Juegos Olímpicos de Londres en 2012, y que ahora llega a España publicado por la editorial Virus.

No se refiere Perelman al deporte que se practica en el día a día, sino a su variante internacionalizada, mercantilizada, mediatizada, corrompida y, antes de todo eso, dopada hasta las orejas. De ella dice lo que advierten las cajetillas de tabaco o los productos químicos para limpiar el baño: que su uso es altamente nocivo para la salud, tanto la de quien lo practica como la de quien lo consume. «Lo que se pone en juego con el deporte y, particularmente, con el fútbol, son las grandes identificaciones sociopolíticas», ilustra el autor. «La identificación con la nación -el equipo nacional representa la nación. y los jugadores»: cada individuo se proyecta en un campeón.

Unidos en la barbarie

Acontecimientos como los Juegos Olímpicos o los mundiales de fútbol se venden como espectáculos unificadores entre pueblos y culturas; momentos para el regocijo global, todos juntos bailando al son del saludable hábito del deporte y la constructiva actitud del juego en equipo. Pero Perelman no compra esa versión. «Esta mundialización ha reventado las antiguas fronteras, los antiguos vínculos (a su club, a su país, etc) surgidos de la proximidad territorial y/o afectiva, que se han revertido en una mundialización que no es ni más ni menos que el mercado libre de la oferta y la demanda generado por el sistema capitalista. El deportista, el futbolista, es de hecho un nuevo tipo de trabajador libre que vende su "fuerza de trabajo" (en el sentido del término acuñado por Marx), es decir: sus capacidades de meter goles o de defender su portería».

Tras esa fachada de confraternidad y unidad de las competiciones de alto nivel se parapetan, más aún, hostilidades en muchos casos ancestrales que en más de una ocasión han terminado en auténticas tragedias. «El último Francia-Alemania [en el Mundial] tenía un regusto a revancha por la derrota de 1982 (y la de 1986), y para muchos franceses ese partido reavivaba la antigua rivalidad con Alemania a través de las guerras. En el fútbol siempre hay un trasfondo de guerra: esta nunca está lejos», dice Perelman, que responde a infoLibre vía email. «En lo que respecta a la sangre, el fútbol está especialmente implicado. Solo hace falta recordar los incidentes de Heysel, de Sheffield o recientemente, del estadio de El Cairo, con 74 muertos. En Brasil, hay oficialmente una decena de muertos solo por la construcción de los estadios, algo que el rey Pelé dice considerar "normal". En Qatar, ya hay más de 400 muertos en la construcción de los estadios de 2022 [más de1.200, según otras fuentes]  y, a este ritmo, se prevé que para cuando llegue la Copa habrá 4.000».

Millones que solucionarían problemas

Como en la vida, en el deporte la represión suele ser fiel compañera de esa sangre. Y no solo a día de hoy. «Estas competiciones refuerzan a las dictaduras cuando son ellas las organizadoras (Argentina 1978, Moscú 1980) o, en el caso de los países democráticos, favorecen el aumento de un cierto autoritarismo, como es el caso de Brasil con la Lei Geral da Copa (Ley General de la Copa), que obliga a las ciudades sede a impedir a los asalariados que trabajen los días que hay partido, y que prohíbe en un radio de dos kilómetros alrededor de los estadios toda venta -y, por tanto, a todo vendedor- de productos no afiliados a la FIFA, además de obligar a la gente que vive cerca de los estadios a presentar una acreditación para circular. Y el gobierno brasileño quiere incluso pasar una ley antiterrorista contra toda manifestación considerada violenta».

La FIFA, como organizadora del fútbol a nivel mundial, tiene un papel destacado en esta barbarie deportiva. «Tiene el estatus de organización internacional no gubernamental», ilustra Perelman, que detalla que como tal está inscrita la asociación en Suiza. «Está dirigida por 25 hombres y ni una sola mujer, y maneja sus cuentas, de miles de millones de euros, en la más absoluta opacidad, mientras que sus principales burócratas se llevan salarios de más de un millón neto al año. Los derechos de entrada como patrocinador oficial (Adidas, Visa, Coca-Cola, McDonalds, etc) son astronómicos. Por ejemplo, Visa pone alrededor de 130 millones de euros cada cuatro años. Para mí, ésa es la barbarie: con semejantes sumas, sería posible resolver los problemas [en Brasil] de salud, educación o transporte en plazos razonables».

El dopaje, el deporte rey

Sobre el terreno de juego, o sobre la pista, o en la piscina, los deportistas -ya lo decíamos- se han erigido en ineludibles referentes sociales. Quien más y quien menos, todos quieren ser como Messi, o como Gasol. «Sus proezas, sus patadas, sus pases y sus goles se conciben como hechos mágicos, como más allá de las leyes físicas, casi sobrenaturales». Y su mediatización desbocada (solo hace falta ver el espacio que se otorga a los deportes en televisión), ha llevado a que aquella teoría de Marshall McLuhan de que «el medio es el mensaje» se haya distorsionado en algo así como «el deporte es el mensaje», lo que conlleva en sí una paradoja flagrante: «El deporte de competición arruina la salud de los que lo practican». «Y sin embargo, es en nombre de la salud que uno se consagra a ello, sin tener en cuenta su tiempo y sin atender a su cuerpo. Hay que entrenarse duro, con unaviolencia a menudo sadomasoquista, aunque haga falta estar dopado para acceder al estatus de campeón».

La última década de éxitos del deporte español se debe precisamente, según Perelman, a la práctica extendida del dopaje. «No hay que hacerse ilusiones», sentencia el autor. «Todos los deportistas se dopan. Y el propio deporte de competición se ha convertido en sí mismo en una droga para muchos deportistas. El rizo se ha rizado». Y esto en ocurre en todas partes, aunque aquí se haya destapado más de un «sabroso» escándalo sobre el tema. «En lo que se refiere a saber si el dopaje ha permitido a España ganar tantos premios, la respuesta está implícita en la pregunta. Sí. Cuanto más y, sobre todo, cuanto mejor estés dopado, más y mejor rendirás. Y más rico te harás, con lo que te podrás dopar con mejores productos, más eficaces, no visibles, que no dejan rastro, y más éxitos volverás a tener. Esa es la lógica imparable del dopaje».

 

 

Reportaje publicado en InfoLibre el 8/07/2014

 

 

 

La barbarie deportiva

15/07/2014 16:53:26

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