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La apuesta municipalista institucional a la luz del municipalismo libertario

 

 

 

Prólogo de Yayo Herrero a la cuarta edición de Las políticas de la ecología social

Mientras escribo, en el verano de 2018, arden los bosques desde Noruega hasta Grecia, desde Japón hasta California. Cada día, cientos de personas embarcadas en cascarones endebles tratan de atravesar el Mediterráneo y llegar a Europa. Mientras, desde sus poltronas, ministros sonrientes y mediáticos se jactan de rechazar el desembarco en su territorio de las personas sedientas, violadas y expulsadas, que buscan refugio con la desesperación de quienes han visto cosas que jamás pensaron que llegarían a ver. 

El modelo de estado de bienestar construido en Europa después de la Segunda Guerra Mundial ha quebrado. Basado en el pacto keynesiano, se trató de una anomalía en la historia del capitalismo y funcionó gracias a la conjunción de una serie de fenómenos: la fuerza del movimiento obrero que, a cambio de renunciar a la propiedad de los medios de producción, consiguió arrancar parte de los beneficios de las empresas; la disponibilidad de materiales y de fuentes abundantes y baratas de energía fósil, que permitieron hacer crecer la producción; y una división sexual del trabajo que, de forma injusta, permitía resolver la organización de la reproducción social y de las tareas. El Estado era el garante de este pacto global y velaba por su mantenimiento.

Este modelo se ha roto. La ofensiva neoliberal que co­mien­za en la década de 1980, la desmovilización y debilidad del movi­miento sindical, así como la crisis material y ecológica, han provocado la quiebra de ese sistema social. El orden económico capitalista y patriarcal ya no puede reproducirse garantizando un mínimo bienestar, aunque solo sea a las minorías del Norte Global. 

En el plano ecológico, nos encontramos ante la translimi­tación de la biocapacidad de la tierra y ante un cambio generalizado de las dinámicas y ciclos naturales, con consecuencias potencialmente catastróficas. Las crisis de energía y materiales, el calentamiento global y la pérdida de la biodiversidad se conectan entre sí y se retroalimentan.

Podría pensarse que el destrozo ecológico ha servido al menos para que las mayorías humanas  puedan llevar vidas buenas, pero los datos nos muestran que las desigualdades crecen entre las clases, los sexos, las etnias y  los géneros. Hablamos de las diferencias entre el Norte Global y el Sur Global, pero también del creciente empobrecimiento que se está produciendo en las áreas del mundo que, hasta hace poco, eran consideradas ricas.

Esta crisis tiene sus propias especificidades en el  Estado español. 

Las importantes tasas de crecimiento económico alcanzadas a finales de los años noventa del siglo xx, y durante los primeros años del xxi, fueron obtenidas gracias a un fuerte despliegue del sector de la construcción de vivienda y al desarrollo de las infraestructuras públicas. 

Las consecuencias sobre el territorio de lo que Ramón Fernández Durán llamó el «tsunami urbanizador» han sido devas­tadoras: impermeabilización, destrucción de los ecosistemas litorales —sembrados de segundas residencias con una ocu­pación media de veintidós días al año—, fragmentación de hábitats naturales y desarrollo de un modelo de urbanismo que requiere cantidades crecientes de recursos como agua, materiales y energía. Se desarrollaron complejos turísticos, macrourba­ni­zaciones y parques temáticos que hoy presentan balances ­eco­nómicos ruinosos, y se fragmentó y cementó el territorio levantando infraestructuras a menudo innecesarias. 

Como se demostraría más tarde y evidencian las innume­rables piezas que componen las causas judiciales abiertas a lo largo de todo el país, estas operaciones inmobiliarias y de cons­trucción de infraestructuras estaban ligadas a tramas, ­redes clientelares y políticas de puertas giratorias que favorecieron las  recalificaciones o el tráfico de influencias, para promover procesos de urbanización y construcción masiva. La corrupción era estructural, era una forma de gobierno.

Lo que vino después fue una etapa más en la historia del capitalismo, un nuevo ciclo de acumulación por desposesión, organizado y coordinado por el Estado. Las políticas de ajuste, aplicadas para regenerar las tasas de ganancia tuvieron ­—y ­tienen— unas repercusiones nefastas sobre la vida de las personas.

La situación de riesgo y vulnerabilidad en la que viven millones de personas ha aumentado de manera muy preocupante. Una buena parte de la población se va  hundiendo en la precariedad y muchas personas empleadas son pobres a causa de las propias condiciones, que generan pobreza y exclusión. 

El Estado y lo público se desentienden del bienestar, y el espacio familiar se convierte para muchos en la única barrera que evita acabar en situaciones de exclusión, a la vez que dentro de los hogares son las mujeres las que, en mayor medida, cargan con las tareas dejadas al descubierto por los recortes de recursos en los sistemas protección pública. 

En este marco, después de un momento de perplejidad ­social inicial, surgieron diversos movimientos sociales que ­re­flejaban los sentimientos de indignación de millones de personas. Recogían denuncias que, aunque con un carácter más aisla­do y minoritario, ya venían haciendo muchos movimientos ­sociales: el «No a la guerra», «V de Vivienda», «Juventud sin futuro», las luchas contra las infraestructuras innecesarias, el movimiento feminista, el antinuclear, la resistencia contra la represión… 

Con diferente incidencia según los distintos territorios, el ­15M canalizó el malestar generalizado por los efectos de la crisis, la corrupción y la podredumbre democrática. Constituido como un movimiento contrahegemónico capaz de establecer una ­vinculación entre la crisis económico-financiera, las desigualdades y la crisis del sistema democrático, exigía una nueva política y ­denunciaba el modelo de partidos, la falta de legitimidad de las instituciones y, en definitiva, la lejanía entre los centros de toma de decisiones y las personas y lugares que padecían las consecuencias de las mismas. Su impactó logró trastocar la agenda ­política y obligar a la política institucional a tratar los temas que la ciudadanía organizada estaba señalando como centrales. 

Podemos surgía después de varios años de movilización ininterrumpida y de profundización de la fractura social, con la urgencia de frenar las políticas privatizadoras y de austericidio, con la pretensión de canalizar la indignación para disputar la hegemonía institucional del bipartidismo. El «asalto a las instituciones», fundamentalmente a las estatales, se convirtió en la prioridad de lo que se denominó como «la sacudida del tablero político» o la «disputa de la centralidad del tablero». 

A pesar del evidente éxito electoral, Podemos no solo no llegó a ocupar la centralidad del tablero, sino que, a mi juicio, se transformó en tiempo récord en un partido viejísimo. Sin embargo, muchas de estas plataformas municipales tuvieron éxito y, aunque en precarias condiciones y equilibrios, decenas de municipios de todos los tamaños llegaron a ser gobernados por candidaturas populares surgidas en mayor o menor medida de los movimientos sociales.

En paralelo, fueron apareciendo diversas plataformas y can­didaturas populares en las que participaban partidos clá­sicos, movimientos sociales de nuevo cuño e iniciativas li­ber­­tarias con cierta  trayectoria. Estas candidaturas, conectadas unas con otras a lo largo de todo el Estado, concurrieron a las elecciones mu­nicipales de 2015, haciendo del municipalismo el eje de la campaña, entendido como la propuesta y la forma de gobierno más cercana a las personas. ¿Qué ha sucedido desde entonces? ¿Cómo han evolucionado estas propuestas?

La reedición de Las políticas de la ecología social. Municipalismo libertario de Janet Biehl ofrece la posibilidad de revisar estos procesos municipalistas, al menos en dos sentidos: por una parte, como contraste con un proyecto-brújula que señala hitos en el camino, da cuenta de las dificultades y proporciona un programa de acción —en mi opinión demasiado voluntarista y algo simplificador en algunos momentos—;  y, por otra,  se convierte también en un espejo en el que mirarse, desvelando importantes distorsiones en la imagen de los proyectos municipalistas puestos en marcha en 2015. 

Bien es verdad que ninguna de estas iniciativas municipales concurrieron con la propuesta de radicalidad de Bookchin y Biehl, aunque formasen parte de ellas personas que se sitúan en esa línea. No pretendían «desconectarse» del Estado ni se planteaban los objetivos de autogobierno desarrollados en el libro. Eran propuestas de nueva política, radicales para lo que hay pero insertas en el marco de lo existente. Puede ser injusto evaluarlas a la luz de lo que propone este libro, pues indudablemente saldrán mal paradas, pero no deja de ser un ejercicio necesario para interpelarlas a mirarse a sí mismas, algo que lamentablemente no han hecho hasta ahora.

Hoy merece la  pena hacer balance pese a que esta sea una valoración que paradójicamente está siendo muy difícil realizar. ¿Dónde están nuestras ciudades y municipios? ¿Cómo han evolucionado las principales tensiones y fracturas que afectan a las vidas cotidianas de las personas? ¿Qué pasó con toda aquella participación, deliberación, el ansia de democracia? ¿Qué tipo proyectos municipalistas se ha puesto en marcha?

Hace falta un diálogo amplio para contrastar el conocimiento proporcionado por este período de gobierno, tanto por sus indudables logros como por sus límites. Es preciso celebrar lo mucho que salió bien, pero también es preciso hablar del desencanto:  lo prometido que no se cumplió,  los cambios no explicados en los programas —que fueron construidos por tanta gente—, de la desmovilización deliberadamente inducida, de la falta de creatividad e inteligencia colectiva en momentos críticos, de las dificultades para mirar más allá de los proyectos especulativos de siempre, de la ausencia de una cultura de cuidados —y la emergencia, en algunos momentos, de la vieja, viejísima, política partidaria de bloques y etiquetas—, de la falta de transparencia hacia los núcleos del activismo, movimientos sociales y bases de los partidos que, al fin y al cabo, fueron quienes conformaron unas campañas electorales vibrantes y colectivas, inauditas en muchas ciudades.

Bookchin planteaba cinco ejes centrales, que son los que inspiraron al confederalismo democrático kurdo propuesto por Oçalam y que se articulan como piedras angulares de su proyecto de autogobierno. El primero es la imposibilidad de construir nada alternativo al Estado y al capitalismo inserto en su misma lógica; el segundo es la democracia radical, la organización asamblearia y la toma de decisiones basada en el consenso; el tercero es el feminismo y su lógica como vertebrador de las relaciones entre las personas; el cuarto es el ecologismo social como forma de relación entre las personas con el medio natural donde viven y del que dependen; y el quinto es la autodefensa. 

En cada uno de esos ejes, los proyectos municipalistas de 2015 presentan importantes carencias y contradicciones.

Se constata la dificultad de realizar cambios de calado jugando con la lógica institucional del capitalismo neoliberal. La llegada de las nuevas candidaturas a los ayuntamientos reveló que las instituciones no eran neoliberales solo porque hubiera gobernantes neoliberales en ellas, sino porque también sus normas, departamentos y burocracia lo eran. Muchos proyectos e iniciativas topan con impedimentos normativos y se pierden en los vericuetos de unas ordenanzas diseñadas para que nada cambie.(1)

La afirmación rotunda de Biehl, ratificando que no es posible crear algo alternativo al capitalismo y al Estado dentro de él, parece refrendarse. La violencia de la oposición, bien apoyada en resortes mediáticos, judiciales y económicos ha sido mayor de la esperada y muestra que la cuestión de la autodefensa no era baladí. Los mecanismos de transparencia puestos en marcha tuvieron efecto boomerang y se han vuelto en contra de quienes los impulsaron al ser manipulados por todo el aparato mediático al servicio de intereses concretos.

Si hablamos de democracia y autogobierno, es verdad que donde había concejalías cercanas y receptivas y espacios organizados potentes se fortalecieron las redes de economía social y solidaria, los huertos urbanos, las prácticas alternativas en materia de vivienda o de recursos energéticos, los espacios de cuidados compartidos y de solidaridad con las más precarias y expulsadas… En esas islas se demuestra que, en condiciones ade­cuadas, emergen  reflexiones y propuestas que nos muestran que, si bien la ciudad es una parte importante del problema, la gente organizada sabe generar soluciones.

Sin embargo, en demasiados espacios la democracia y la participación han sido una sombra de lo que imaginábamos. En algunos municipios, como el de Madrid, el que mejor conozco, no es que no se tenga en cuenta a las organizaciones barriales —de forma desigual, según quien sea el o la concejal de la zona—, sino que ni siquiera se ha generado una dinámica de deliberación y de debate político en el seno del propio equipo de gobierno y de la red que lo asesora, y no digamos ya con el tejido social organizado.

Se confunde el debate, y la decisión posterior, con el voto a través de mecanismos informáticos. Se vuelve a interpretar la democracia como una suma de votos individuales y aislados, con frecuencia insuficientemente informados, y no tanto como un ­espacio de deliberación.

Los liderazgos están lejos de parecerse a lo que Biehl expone en el libro. Más bien se han replicado formas clásicas de liderazgos individuales que, en el peor de los casos, se convierten en caudillismos incuestionables. En nombre del respeto, la admiración o la protección de quien encabeza los proyectos, se rehúye el debate sobre los proyectos políticos, los diagnósticos que los justifican o los propósitos que los inspiran. Con la que está cayendo, mantener los gobiernos municipalistas me parece una cuestión capital, pero hay que ayudar a que no queden despojados de la doble voluntad de cambio que los hicieron nacer: la rebeldía contra un proyecto neoliberal que considera que una ciudad y la gente que vive en ella solo son importantes si generan valor económico, y la voluntad de construir vidas buenas en común, decididas colectivamente, en un entorno de crisis económica, translimitación e incertidumbre que, sin duda, se irá endureciendo.

La propia forma de construir las candidaturas tomó atajos que se tradujeron en importantes peajes. En algunos casos, las listas fueron encabezadas por personas que provenían de los movimientos sociales que las impulsaron, pero en otros se buscó a individuos con tirón electoral, sin que necesariamente compartiesen los proyectos y programas que se habían consensuado. Dado que las instituciones tenían su lógica previa y las figuras de alcalde o alcaldesa acumulaban un enorme poder, la integridad de los proyectos fue abortada en algunos lugares desde el mismo momento de la elección. El desconcierto y la decepción, lamentablemente, no se tradujeron en un salto en la organización y la resistencia, sino en la fragmentación y ­desmembramiento de lo que tanto había costado generar.

En el plano del ecologismo social, los avances son escasos en proporción a la magnitud del problema que se aborda. Las ciudades tienen hoy enormes problemas estructurales que las hacen especialmente vulnerables. Son importantísimos ­sumide­ros de recursos y bienes procedentes de la desposesión del medio rural o de los países de la periferia. A la vez, son ­absolutamente dependientes del exterior en el plano instrumental —alimentos, agua, energía y materiales—,  generadoras de cantidades ingentes de residuos y constituyen la parte del león de las emisiones de gases de efecto invernadero.(2)

También son territorios vulnerables en el plano humano. El urbanismo, con frecuencia, está orientado a la acumulación de capital y a mantener sueños de crecimiento y dinamismo económico que, en las últimas décadas —y todavía hoy—,  han estado marcados por la especulación. 

Esa concepción de lo urbano ha organizado el territorio según los deseos de inversores, cuya prioridad no es el bienestar de las personas y que terminan agudizando las desigualdades en términos de clase, de género, de procedencia o de edad, además de envenenar el aire que respiramos, crear puestos de trabajo precarios —que engrosan las cifras de asalariados pobres—, expulsar a los márgenes a sectores de población que algunos agentes del poder económico no dudan en calificar de «población sobrante», e invisibilizar y desvalorizar la biodiversidad urbana y la existencia de otros seres, vegetales y animales, que tienen valor en sí mismos por ser vida, además de ser esenciales para conseguir la adaptación ante el cambio climático. 

En muchas de las «ciudades del cambio» se han acometido iniciativas en torno a la movilidad, la calidad del aire, los sistemas alimentarios, la renaturalización de espacios naturales, o el freno a la turistización y gentrificación, que van bien encaminadas. El problema es que conviven con prácticas clásicas centradas en la maximización del beneficio y en la especulación con el suelo o la vivienda, como formas de obtener valor en la ciudad, convirtiendo los cambios acometidos en anécdotas o «buenas prácticas» aisladas.

Se alientan proyectos especulativos como los de toda la vida, que generan una importante contestación social y, como en el caso de Madrid, se saca pecho ante la capacidad de gestión que permite desbloquear proyectos atascados desde hace décadas. Se insiste en la idea de que hay que gobernar para todos, obviando unas desigualdades estructurales que hacen que ese gobernar para todos implique, al final, no poner límites a quienes tienen  mucho más de lo que les corresponde.

En el plano del feminismo, nos encontramos con que, en este momento de auge del movimiento, los gobiernos municipalistas hacen del feminismo un nodo central del discurso. Es cierto que se ha producido una importante presencia de mujeres en las candidaturas y la mayor parte de ellas son paritarias. También existe una preocupación comprometida frente a la lacra de las violencias machistas.

 Sin embargo, feminizar la política es mucho más. Supone cuidar, alentar la diversidad y no expulsar de las listas o los órganos a las personas que disienten. La contradicción y la diferencia es un seguro de vida para la supervivencia política. Arrinconar o invisibilizar a quienes molestan o tensionan es un error enorme que se paga muy caro. 

En ese sentido, las propuestas feministas se centran en sumar, reconocer la diferencia y el conflicto, no para depurarlo, sino para incorporarlo y construir análisis y caminos acordes con los problemas que afrontamos. 

Finalmente, en este ciclo, se han producido importantes desencuentros con las bases activas que construyeron las candidaturas y una desafección considerable, que ha acabado transformando los proyectos municipalistas en opciones progresistas pero clásicas de gobierno.

Las candidaturas municipalistas que llegaron a los gobiernos municipales en 2015 no lo hacían bajo los supuestos de los proyectos libertarios que se exponen en este libro, pero revisarlos a la luz de lo que enuncian Biehl y Bookchin es un ejercicio imprescindible para recuperar el latido que las impulsó.

De lo contrario, se corre el riesgo de evolucionar hacia una opción amable, progre y multicolor (verde, violeta, arco iris…)  que, al eludir y no afrontar los problemas estructurales, termine siendo parte de esos neoliberalismos progresistas (3) a los que alude Nancy Fraser, y se convierta en la autodemostrada evidencia de que, después del «sí se puede», en realidad, «no se podía».  

 

Notas

(1) Además de las más conocidas, como Barcelona en Comú o Ahora Ma­drid, en este aspecto las Candidatures d’Unitat Popular (CUP) no son una excepción. Con una prolongada trayectoria municipa­lista menos pegada a la coyuntura —e incluso habiendo incrementado ampliamente la representación institucional y las alcaldías en Cataluña—, han en­con­trado serias limitaciones para aplicar sus programas electorales. (N. de la E.)

(2) En este ámbito, la acción de gobierno del Ayuntamiento de Barcelona se ha visto envuelta en una importante contradicción en relación con la creación de la empresa eléctrica municipal Barcelona Energia, conce­bida como una alternativa pública a las grandes operadoras del sector, pero que ha sido denunciada desde colectivos ecologistas por la obten­ción de la energía de fuentes contaminantes: bit.ly/2n5v4k1. (N. de la E.)

(3) Nancy Fraser: «El final del neoliberalismo “progresista”», Sin Permiso, Madrid, 12/01/2017: bit.ly/2iqoPra.

 

 

 


31/10/2018 08:57:47