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Con harto trabajo me convencí de que el libro no era novela compuesta en odio a los frailes y a la Inquisición por un seudónimo; mas comprobada la existencia del autor y de los personajes a que alude, y después de una lectura detenida, creo que se trata de una autobiografía.» Manuel Serrano y Sanz Autobiografías y Memorias

La vida de este cura afrancesado, nacido en La Puebla de la Barca en 1765, fue una concatenación de gozosos exabruptos, de los que sin cortarse ni un poquito nos da buena muestra en esta inaudita autobiografía que ahora presentamos. Presbítero de Laguardia, Santiago González Mateo fue fervientemente odiado por sus vecinos, quienes no escatimaron en denuncias para con este cura que creía en Dios «a su manera», y que dejó patente su desdén hacia la religión en sus múltiples calaveradas, diseminadas por diferentes localidades de La Rioja, Álava, Vizcaya, Guipúzcoa, Navarra, Cantabria, Burgos, Zaragoza, Lérida, Barcelona y Madrid.

Pícaro de manual y con sotana, Santiago González Mateo airea en este evocador relato muchos trapos sucios de la época que le tocó vivir. A través de su amena narración conocemos algunos lances inolvidables: disparatadas travesuras acompañadas de los detalles del odio que profesaba a su padre, de su golpeada niñez, de sus maniobras para recoger la flor del amor, de su deriva mendicante por los caminos, de sus encontronazos con las autoridades, de sus reclusiones, o de su paso por los corredores de la Inquisición…

El presente anecdotario está muy en la órbita de las «umoradas» practicadas en las latitudes que fueron escritas, y por ello no ha faltado quien ha querido ver en la narración de la Vida de este antihéroe —rural y cultivado— un precedente de las literaturas más descacharrantes que han florecido en aquellos parajes, como algunas de las obras escritas por su contemporáneo y amigo el fabulista Samaniego o por Rafael Azcona.

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En esta tierna edad ya asomaba la cabeza la uña i la carne, y apenas pasaba dia que no hurtase a mi buena madre bollos de chocolate y otras golosinas, que repartia liberal con jovenes de otro sexo. Atrahidas con este aliciente, lograba seducirlas disponiendo diversiones en sitios ocultos, siendo lo mas comun el juego del maestro y el de hacer cochinadas. Pero la niña que mas me llevó la atencion fue la hija de Pelegrijo, cabo de los guardas del tabaco, quien me llamaba hierno, y a titulo de tal comia en su casa con la maior franqueza, reputandolo todo mi suegro a diversion pueril (interin haciamos la siesta juntos, etc.), hasta que, observandonos el maestro de la escuela (por quexas del sacristan) en las escaleras de la torre, resfrió nuestro ardor con una sangrienta sotana.

Entre los acasos y juveniles desatinos que como inconsiderado ejecuté, solo diré el siguiente, con solo el qual quedará el lector bien apestado, porque el asunto es de mierda: Juntos varios estudiantes a merendar, se trató por postre quién se comeria un quarteron de escremento; y yo, como menos escrupuloso, prometi egecutarlo; y como a mí es lo mismo dar palabra que cumplirla, se presentó a la mesa en un plato, el qual limpié mui bien, sin fastidio ni desagrado (interin los espectantes rebentaban de asco solo en verme chupar los dedos); y aseguro que qualquiera que haga la esperiencia le sucederá lo mismo, especialmente cargandola bien de sal, porque es mui insipida y jauda. […]

Edición de Javier Pérez Escohotado

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