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*Himno a la picota. De villano a héroe y espía en tres actos* cuenta, ni más ni menos, la historia de una algarada en medio de Londres a favor de un Defoe cubierto de rosas y besos, el ardor legendario de un pueblo que lo alzó a la categoría de héroe popular; pero también cuenta la historia un chantaje, el inicio de la carrera de un espía que durante años fue parte de complots y conspiraciones, ese otro y oscuro Robinson Crusoe.

Muy pocos autores han gozado de una vida y una obra tan fascinantes como Daniel Defoe, el inmortal autor de Robinson Crusoe. De él, como escritor universal, se ha dicho de todo, pero su otra faceta (la de polemista y provocador incansable, instigador de escándalos, profesional de la agitación, estratega de las letras y agente secreto) resulta menos conocida. Su *Himno a la picota*, posiblemente el mejor poema del escritor, formó parte de uno de los episodios más singulares y fascinantes de la literatura e historia contemporánea, cuando este, tras escribir un panfleto calumniador que instigaba a la aniquilación de los disidentes religiosos y provocar un increíble escándalo, fue condenado a padecer la cruel picota. Defoe, ante la perspectiva de enfrentarse al castigo público, escribió un poema que logró filtrar y difundir entre el pueblo de Londres. La instantánea no pudo ser más bella: al ser paseado por las calles de la ciudad y exhibido en lo alto de la picota, centenares de personas lo aclamaron, mientras lo cubrían de rosas o besaban e intentaban abrazarlo. Aquel villano convertido en héroe escribió decenas de panfletos bajo seudónimos, perfeccionando el fake y su hábil manipulación de la información y la palabra como precursor de lo que hoy conocemos como «guerrilla de la comunicación».

Pero la historia de aquel episodio no acabó ahí. Tras la picota, debía cumplir condena en el terrible penal de Newgate. Entre rejas, solo y arruinado, Defoe pensó que se enfrentaba a su posible muerte, hasta que recibió una extraña visita y una más aún sorprendente propuesta: sería liberado, a instancia de la misma reina Ana, pero a cambio debía convertirse en un espía a sueldo de la corona y el gobierno, y en el más astuto y misterioso de los agentes secretos ingleses.

Valle-Inclán noir - Ramón del Valle-Inclán
Las calles siniestras - Pío Baroja
La lámpara maravillosa - Ramón del Valle-Inclán
La horda - Servando Rocha
El hombre que amaba a las niñas - Lewis Carroll
La balada del metro sin puertas - David Antona González

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