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Para mis padres todo esto que estoy viviendo es todavía un juego, mi madre no quiere ver la realidad, mi padre no quiere entender que la historia sabe repetir sus errores agravándolos. Cuando los encontré el año pasado en Biarritz escondí los ojos con unas gafas de sol y he tenido todo el tiempo las manos detrás de la espalda. Sabía que me habría traicionado a mi y desilusionado a ellos. Mis manos, sobre todo, no son ya aquellas que acariciaban a Emiliano, jugaban al tenis con mi padre, abrían temerosas, los primeros tratados de anatomía. Ahora han aprendido a golpear, han tocado cosas que nadie debería conocer o usar, han repetido gestos que tienen una trágica fatalidad propia, se han hecho más grandes y han desarrollado músculos que no son aquellos de una jovencita. He conocido olores que ninguna facultad de medicina conoce, he visto la vida huir entre los estertores, las lágrimas y el miedo. Con horror he aprehendido que la muerte sabe a mierda. Ahora están junto a mi la misericordia y la impudicia, la determinación y lo irremediable, sé dominar los entusiasmos, sé odiar la violencia y sé cuando es necesario olvidarlas ofensas.

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