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No olvidar a Foucault

Por Jesús García Blanca

 

“Heredar la ruptura es romper con el que rompió […]
el único modo de leer a Foucault es seguir escribiendo”.
Jesús Ibáñez
 

 

PREVIO

Siempre me imaginaba a Foucault encerrado en La Salpêtriére como una metáfora brutal de la tragedia que implica para un autor rompedor el permanecer encerrado en su propia obra, o como si su etapa “disciplinaria” hubiese triunfado impidiendo el giro de su pensamiento. Pero también como una amarga paradoja: la terrible constatación de que quien había diseccionado los instrumentos de poder nos fuera ahora arrebatado por uno de ellos: el dispositivo VIH/SIDA (1) .

Ibáñez propuso “romper con el que rompió”. ¿Acaso no es eso lo que ya empezó a hacer el propio Foucault con la primera entrega de la Historia de la Sexualidad? Desde la misma ruptura con el proyecto anunciado hasta la ruptura definitiva provocada por su muerte en 1984, año del Gran Hermano, del Panóptico total.

Asi que, ¿somos fieles a Foucault adoptando el punto de vista de su obra final inconclusa? ¿O rompiendo también con ese último intento de ruptura? ¿Qué hay más allá de La inquietud de sí?

Quizá “seguir escribiendo”…
 

ESTRUCTURA

De vagos y maleantes es un libro eminentemente didáctico. La intención queda clara desde el primer momento, con un título explícito –que hace referencia a la Ley republicana de 1933 “retocada” por el régimen franquista para incluir a todos sus virtuales enemigos-, un subtítulo escueto y descriptivo, y una introducción a modo de plano-guía del territorio que vamos a recorrer; territorio que percibimos como una estructura ordenada y delimitada, correctamente apoyada por notas de referencia, que se cierra con un sustancioso apéndice bibliográfico.

Su autor se propone –y nos propone- cubrir un vacío: dar cuenta de la recepción de la obra de Michel Foucault en España. Para ello traza unos límites: 1967 –fecha de aparición de la primera referencia bibliográfica a una obra de Foucault- y 1986, año en que se cierran los homenajes organizados tras su muerte. Y propone dos vías de exploración: la recepción académica y la extraacadémica, la calle y las instituciones, la lucha y el análisis, o -desde la perspectiva del que escribe- el afuera y el adentro... y en definitiva, el presente y el futuro, que se explican arqueológicamente por el pasado; vías todas ellas cruzadas de discursos y autores.

El objetivo final es explicar cómo se fraguó un “Foucault made in Spain” a través de –o como suma de- diferentes interpretaciones de su obra, alternativas y opuestas en función de los intereses de cada cual: marxistas, estructuralistas, anarquistas, feministas, reaccionarios…

 

CONTEXTO

Antes de comenzar con la exploración de esas dos vías, Galván dedica el primero –el más breve- de los “tres bloques temáticos” en que divide su libro a situarnos, a contextualizar el terreno político y filosófico en el que aterrizará la obra de Foucault: el período que va del tardofranquismo a la transición, representada por la segunda victoria electoral del PSOE en 1986.

El panorama intelectual -nos cuenta Galván- se lo repartían los vencedores: escolásticos y falangistas. Los primeros alrededor de Revista de Filosofía y Arbor; los segundos vía Revista de Estudios Políticos y Escorial. A estos se suma un tercer grupo que aporta un “respiro intelectual” de carácter neopositivista y existencialista, y cuyos autores destacados fueron Manuel Sacristán, Aranguren y Tierno Galván.

En la década siguiente, las corrientes renovadoras están representadas por tres grupos muy definidos: a los neopositivistas y marxistas se suma una corriente considerada neonietzscheana, estructuralista o postestructuralista, con Trías y Savater a la cabeza.

Es en este momento en el que se empieza a editar en español la obra de Foucault, fundamentalmente por las editoriales mexicanas Siglo XXI y Fondo de Cultura Económica o la argentina Paidos con alguna participación local de Anagrama, Gedisa o Tusquets. Surgen entonces una gran cantidad de publicaciones de orientación marxista-libertaria en la que comienzan a difundirse los primeros análisis e influencias de las ideas foucaultianas favorecidas por la transición política, entre las más emblemáticas y conocidas, Ajoblanco, El Viejo Topo, El Basilisco o Zona Abierta.


LUCHA

El bloque extraacadémico –quizá el más logrado de todos- está organizado en torno a los ámbitos en los que Foucault exploró las relaciones de poder, ámbitos definidos por instituciones disciplinarias: escuela, cuartel, manicomio, hospital, cárcel.

Por razones personales ha sido el bloque que he leído con más fruición.

Mi primer libro de Foucault fue –hace treinta años- Vigilar y castigar. ¿Qué representó en mi vida? ¿Qué significó en ese mundo mental, intelectual, que yo estaba entonces empezando a construir? ¿Qué le debo a Foucault? ¿Qué le debe mi particular forma de mirar el mundo? Quizá -como tantos otros- esa “caja de herramientas” o esos “cócteles molotov” como el propio Foucault consideraba sus libros: la ruptura, el hallazgo de entender que hay cosas escondidas en cada pliegue de la historia: compartir el secreto de los rizomas y plantearse sin demasiada consciencia una agenda para ir descubriéndolos en cada esquina del tiempo.

O quizá le debo el haberse colocado “casualmente” ante mí, en el momento en que yo ponía el pie en el vacío, como punto de apoyo para cruzar el abismo y descubrir a otros muchos que aguardaban un paso más allá y que se alimentaban de su voz: Deleuze, Guattari, Lacan, Laing, Szasz… todos ellos conectaron con mis lecturas de Wilhelm Reich, quien había roto con Freud precisamente porque este traicionó su propio descubrimiento y se sacó de la manga el concepto de “instinto de muerte” para trasladar la responsabilidad del sufrimiento humano, desde la sociedad al individuo, sentando las bases para el papel fundamental que la psiquiatría jugará posteriormente en los dispositivos de coacción sutil propios de las bautizadas por Deleuze “Sociedades de Control”, una vuelta de tuerca a las “Sociedades disciplinarias” foucaltianas.

Encierro de locos, de enfermos, de vagos y maleantes, de niños… encierro de los que piensan más allá de los límites: compartimentación, separación, clasificación, contención, normalización… en suma: medicalización.

Independientemente de las críticas (2) que puedan hacerse a su “extravagancia”, a su “arbitrariedad”, a sus oscuras referencias, e incluso a su ignorancia de la literatura académica referida a los temas que abordó, no cabe duda de que, por encima de la “inflación verbal” que en ocasiones dificulta sus textos, Foucault continua siendo un referente obligado al que no se puede “olvidar”.

A principios de los setenta, evolucionó hacia una posición de lucha concreta, de acciones, de concepción comprometida del papel de los intelectuales resumidas en las palabras de Álvarez-Uría (3):

No se conforma con denunciar el poder, sino que se sitúa en los lugares de resistencia con la finalidad de destruirlo. Trata de minarlo, de hostigarlo sin descanso; señala los flancos débiles donde golpear, prevé las réplicas. El pensamiento de Foucault es eminentemente estratégico y, por tanto, geográfico. No intenta aburrir ni divertir, sino combatir, crear espacios de libertad, zonas de independencia y de autonomía. Su teoría es inseparable de las luchas para las que está destinada.

Los desafíos desatados en España por esa evolución pusieron en evidencia a los partidos de izquierda –PC incluido- y sacaron lo mejor de ciertos intelectuales, como Agustín García Calvo, Alvarez-Uría, Julia Varela o Jesús Ibáñez.
Galván nos narra con agilidad las crisis sociales y las luchas de resistencia en cuatro frentes fundamentales que habían salido disparados de los libros de Foucault: locura, delincuencia, sexo y educación. Y es que, como escribe Philippe Meyer (4), “el orden no es únicamente la ausencia de disturbios, es el problema de asignar a cada uno su lugar en la sociedad”. Y ese lugar es siempre una forma de encierro: hospitales, manicomios, prisiones, escuelas… “el infierno emocional humano” en palabras de Wilhelm Reich (5).

 

OBRA

El bloque académico –algo más confuso en cuanto a su estructura y falto a ratos de didáctica y clarificación- sigue la “división clásica” de la obra de Foucault: arqueología del saber, genealogía del poder, el sujeto.

En relación con la primera etapa, su influencia se vinculó a decir de Galván con el diálogo entre el humanismo cristiano y el materialismo marxista. En la segunda puede rastrearse una conexión con los asuntos y autores ya mencionados en el análisis extraacadémico y centrado en una pugna entre marxistas y libertarios por “apropiarse del capital filosófico” foucaultiano.

Por último, la tercera etapa se centra en el paso traumático de lo que se llamó Modernidad –heredera de la Ilustración y antes aún de los ideales del Renacimiento- y ligada al triunfo del Capitalismo; y la etapa de renuncia, desazón o desencanto que Lyotard llamó “condición posmoderna”.

El final de la evolución de Foucault, desde sus obras metodológicas hasta su investigación ética, pasando por la redefinición del concepto de poder enraizada con su compromiso político, coincide con un momento histórico de desmitificación y desacralización generalizada que en España se encarna en el hundimiento en la ciénaga ideológica del Partido Socialista Obrero Español tras su renuncia formal a las tesis marxistas para abandonarse descaradamente en los brazos del capitalismo.

Cierra este bloque un breve sobre las reacciones a la muerte de Foucault. Los calificativos en la prensa pusieron de manifiesto la imposibilidad de definir a “nuestro” personaje: “filósofo, historiador, estructuralista, lider de la revuelta parisina”: todos ciertos y todos equivocados; aunque en conjunto vienen a ser un reflejo mediático de su camino.
Quizá el más melancólico y dramático de todos los homenajes fuera esa maravillosa elegía publicada por Jesús Ibáñez en El País (6):

[…] de repente me asaltó una pregunta inquietante: ¿quién terminará de escribir la historia de la sexualidad? […] Las ideas que se alimentaban el cuerpo de Foucault eran ideas poderosas, con un alto valor de supervivencia, con un alto poder de expansión […] El orden social está fundado en el silencio de casi todos. Los amos monopolizan la palabra […] Foucault se propuso dar palabra a todas las minorías silenciadas […] El único modo de leer a Foucault es seguir escribiendo.

 

CODA

Tras un camino tan largo y sinuoso, se echa de menos alguna clase de recapitulación y las conclusiones de este trabajo “arqueológico”. Quizá la voluntad de su autor es que cada lector extraiga las suyas, y nos deja, a la vuelta de la última página de su texto, frente a esa magnífica caricatura que Vazquez de Sola hizo de Foucault: un histrión que se burla del lector que lo mira como diciéndole: “esto es lo que hay…”

Y “esto” es naturalmente su obra; y los puntos suspensivos el interminable desafío que nos lanza.

 

Notas:

1 "La muerte de Foucault, una vez más" (http://mesetas.net/?q=node/368).
2 MANDOSIO, Jean-Marc. La longevidad de una impostura: Michel Floucault. Ediciones El Salmón.
3 Contra el poder, el saber y la verdad. Citado en De vagos y maleantes, pág. 228.
4 El niño y la razón de Estado. Madrid, Zero, 1981.
5 Análisis del Carácter. Barcelona, Paidos, 1980, pág. 399.
6 "Esas ideas que ya no estremecerán al mundo". En A contracorriente, Madrid, Fundamentos, 1997, pág. 388.

 

Reseña publicada en Youkali. Revista de crítica de las artes y el pensamiento n.º 9, primavera de 2010
 

 

  De vagos y maleantes

28/07/2010 13:29:12