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EL DISCRETO REGRESO DE IVAN ILLICH

Por Toni García

A diez años de la muerte del pensador y escritor Ivan Illich (1926-2002), nos encontramos con la buena noticia de que dos editoriales independientes, Brulot y Virus, han decidido rescatar para el lector en castellano dos de sus obras más representativas, La sociedad desescolarizada y La convivialidad. Hoy poca gente, dentro de los medios activistas y alternativos, se acuerda de Illich, pero en los años setenta del pasado siglo, nuestros tíos y primos mayores le leían con alguna atención. De hecho, fue una editorial tan prestigiosa como Seix Barral la que se encargó de traducir y editar sus primeras obras.

En los años de la llamada transición, el mensaje de Illich podía chocar con la ola de izquierdismo triunfal que recorría el estado. Aún así, Illich pudo obtener su pequeño momento de reconocimiento en la barahunda de aquellos años donde la mordaza franquista se había roto y donde tantas obras malditas y subversivas se editaban a un ritmo frenético, como si hubiera un afán por recuperar el tiempo perdido.

Es verdad que el comunismo y todas sus sectas acaparaban las ansias de libertad de la juventud que alcanzó su mayoría de edad por entonces. Pero en los márgenes que dejaba el comunismo abundaban también esperanzas y actitudes que no cabían dentro del odioso corsé del materialismo histórico y la dictadura del proletariado. Afortunadamente.

Una parte, sin duda minoritaria, de la juventud politizada, heredera del movimiento libertario, el ecologismo y la contracultura, podía ser más receptiva al análisis radical que Illich hacía de la sociedad del progreso. Es normal, por otra parte, que estas expresiones minoritarias, minúsculas brasas dentro de la gran hoguera de las vanidades politiqueras de aquel momento, se extinguieran o fueran ahogadas en el gran reflujo político y cultural que siguió a los años setenta. Citar a Illich en los años ochenta habría sido invocar inutilmente el sentido común en un período donde éste había sido cuidadosamente guardado con naftalina en el último cajón de la cómoda. Hablamos, más en concreto, del caso español, pero algo parecido se podría decir de otros países europeos que en ese momento pasaban por un proceso de “modernización” acelerada. En los años noventa, la revista Archipiélago tendría el buen gusto de rescatar ciertos textos de Illich, lo que ayudó, a algunos de nosotros, a descubrir la obra de este original escritor.

Hoy, cabe decir, que Illich se ha convertido en un clásico, lo que significa que ya no es necesario leerlo. Nos contentamos con almacenar sus obras completas en un rincón de la biblioteca. Lo citamos en el momento oportuno, si se tercia. Señalamos con gesto de suficiencia, en medio de una conversación: “Si, si, eso ya lo había dicho Illich...” De todas formas, la época que vivimos no da para mucho más.

Pero, en realidad, ¿qué es lo que había dicho Illich? Visto desde un cierto ángulo,la obra de Illich contiene una reflexión sistemática sobre el modo en que se imponen a la gente corriente los sistemas de poder. Y en que medida estos sistemas de poder trascienden la célebre cuestión de la explotación económica, la dialéctica capital-trabajo, y recubren todo el universo de la actividad humana. Illich nos invitaría a una crítica anarquista de las instituciones sociales. Pero no se trataría de un anarquismo filosófico o político, encaminado éste último a la búsquedad de vías de acción. Se trataría de un anarquismo que desafía el ideal de progreso y que ataca los núcleos de poder no desde la noción de libertad, finalmente usurpada por los paladines del orden estatal, sino desde la noción de autonomía entendida como estricto control de la persona sobre su propia vida[1]. En ese sentido, no podemos entender la “autonomía creadora” que Illich defiende sin entender que su investigación procede de una contrastación en todo rigor de los modos de vida en el occidente desarrollado y el resto del mundo. La antropología política de Illich relativiza todos los supuestos avances producidos por los Estados-nación y sus poderosas industrias. Desde su primera colección de ensayos de finales de los años sesenta, The clebration of awareness, Illich no se cansará de insistir en esta idea: el occidente opulento aspira a imponer en todo el planeta sus ideales de riqueza y pobreza.

Sin querer idealizar la vida de los pueblos indígenas o colonizados, Illich advierte que las formas de vida de dichos pueblos están, o estaban, más cerca de un equilibrio con el entorno y de una harmonía entre los miembros de sus comunidades. Sus sistemas técnicos y sus instituciones no han roto, o no de forma grave, con esa “convivencialidad” que Illich opone tercamente al sistema de producción industrial. Illich, como se sabe, no rechazaba por entero la técnica, sólo advierte que a partir de un determinado umbral, los sistemas técnicos, que habían sido creados supuestamente para responder a ciertas necesidades, estrangulan toda creatividad, destruyen la autonomía de los individuos y pervierten la forma misma de las necesidades. La sociedad técnica, según Illich, ha construído una red de instituciones donde la persona queda atrapada. Todos sus deseos, toda su vida cotidiana, están ahora controlados por la empresa del Estado y su red de gremios profesionales. La Iglesia ya no controla el cuerpo social, son las castas profesionales las que se han cebado ahora sobre su autonomía.

Dos grandes problemas se entremezclan aquí.

Por un lado, está la crítica de las instituciones civiles en la edad contemporánea. Nos referimos a la educación pública obligatoria, los servicios de salud, las redes de transporte, de agua y de energía, la investigación, los medios de comunicación y los aparatos políticos de decisión. Illich impugna en gran medida todos estos supuestos avances de la modernidad democrática. La sociedad industrial-capitalista es sobre todo una fabulosa maquinaria de producción y consumo que opera sobre una sociedad de masas y que, por tanto, tiene que recurrir a un formidable disciplinamiento para que la maquinaria pueda funcionar. Este disciplinamiento impide a la persona el cuidado de sí misma, anula su capacidad para aprender, para desplazarse o para construirse su propia vivienda. Illich denuncia de manera constante esta usurpación de la vida cotidiana y de la responsabilidad individual por parte de las instituciones y las camarillas profesionales. Obviamente, la contribución illichiana tiene implicaciones morales y filosóficas de gran calado. Hay una reflexión implícita sobre la artificialización de la vida en la sociedad moderna. La persona pierde control sobre su salud y sobre su forma de vivir la enfermedad y enfrentarse a la muerte. Esto se estudia atentamente en su libro Némesis medical. La escuela obligatoria impone un orden pedagógico que convierte la esfera del aprendizaje en un ámbito separado de la comunidad, la calle, la familia, el trabajo, etc. La escolarización inventa al “niño” y al mismo tiempo lo aisla en una burbuja institucional. La educación se identifica ahora con una institución organizada que impone además una criba social implacable con sus índices de “éxito” y “fracaso”. La escuela, la red sanitaria y la tecnología industrial capturan la capacidad creativa de la persona, su motivación para existir. Incluso una necesidad tan primaria como el hecho de desplazarse se convierte en objeto de expropiación cuando el Estado y las grandes compañías del automóvil y del petróleo imponen como, por donde y a qué velocidad debe desplazarse la gente.

El segundo problema. Illich advierte que esta cuestión de la expropiación de la autonomía personal y colectiva deriva hoy hacia las economías de crecimiento sin fin. La sociedad moderna es la primera que usurpa de manera total esta autonomía creadora de los pueblos para integrarla a su proyecto de crecimiento infinito. Illich, junto a otros pensadores y autores contemporáneos, se suma a las voces que denuncian esta ideología del crecimiento económico y técnico sin límites. Hay que recordar que nos encontramos en 1970, época en la que Illich comienza a publicar sus ensayos más famosos, y cuando la “preocupación ecológica” no era precisamente una prioridad para muchos contestatarios de entonces.

No obstante, hay que decir que la crítica illichiana de la sociedad industrial no parte del análisis ecológico, como lo hacían Carson, Bookchin o Commoner, a principios de la década de los sesenta. No es a priori una denuncia de los excesos, desastres o poluciones del capitalismo industrial. Tampoco parte de un análisis de la alienación en el sentido de un Marcuse o un Debord. Es, más bien, un análisis cercano al de Charbonneau, Mumford o Ellul. Como en el caso de estos autores, aunque de forma diferente, Illich constata que el sistema técnico-industrial merece un análisis en sí mismo. Que la historia de la humanidad discurre en esta tensión entre la autonomía de la gente corriente y su dominación por parte de las élites. Que la artificialización de la vida es, pues, un requisito del sistema de poder Total cuando tal sistema remodela las mismas necesidades y deseos para construir personas nuevas capaces de adaptarse al medio técnico.

Illich describe la historia de una desposesión. Es esta valoración del pasado la que le separa del marxismo. Si bien es cierto que Illich considera que muchos artefactos técnicos, como el teléfono, la radio o el motor de explosión, bajo determinadas condiciones, pueden servir a las poblaciones, lo interesante es esa desmitificación que lleva a cabo contra la presunta novedad y superioridad de lo moderno. En uno de sus textos más citados, “Ciencia del pueblo”, señala lo siguiente:

“Como historiador me muestro muy suspicaz ante cualquier cosa que pretenda ser totalmente nueva. Si no puedo encontrar precedentes de una idea, inmediatamente sospecho que es algo absurda. Si no puedo encontrar a nadie en el pasado a quién conozca, y en mi imaginación discutir con él lo que me sorprende, me siento muy solo, prisionero de mi propio presente y de mi ilimitado horizonte.”[2]

Es así como Illich, sin caer en ningún tipo de elogio desproporcionado del pasado, encuentra una forma original de demostrar la unidad de la historia, de la evolución del conocimiento y del aprendizaje. De alguna forma, la historia humana avanza siempre volviendo sobre sí, sobre su pasado. El presente renueva el pasado, pero ambos momentos, pasados y presentes, se iluminan entre sí, mostrándonos analogías inesperadas. Cuando Illich se interesa por conocer lo que en los años setenta se llamaba “ciencia del pueblo” y que, en pocas palabras, constituía una red alternativa de investigadores de la ciencia que estaban fuera de los marcos institucionales, que operaban sin ánimo de lucro y sin interés por la industria, descubre la figura de Hugo de San Victor y su obra Discalion. Religioso de la Edad Media, Hugo de San Victor promueve una sabiduría que integra filosofía y artes mecánicas, y que además defiende un saber técnico en armonía con la naturaleza. Para Illich la motivación de Hugo de San Victor y la de los activistas de la “ciencia del pueblo” es en lo esencial la misma. Nos dice, refiriéndose a la “ciencia del pueblo”: “Cuando buscan antecedentes para apoyar sus intuiciones ecológicas, intentan importar conceptos chinos o indios. No saben que en la calma creativa que produjo la arquitectura románica y gótica temprana ya se había hecho un intento de definir ciencia como algo totalmente distinto a lo que Bacon definió para el Occidente y el mundo moderno.”

Los estudios de Illich nos llevan a una genealogía crítica del Progreso. Pero más allá de eso, nos recuerdan que el suelo que pisamos en el presente es extremadamente frágil por estar sustentado sobre dudosas verdades. El problema no es que vivamos en la mera contemplación de esas verdades, el problema es que esas verdades encarnan instituciones como la escuela, el hospital, la autovía o la fábrica que forman el tejido opresivo de la vida del individuo como consumidor, cliente, paciente, pasajero... En uno de sus textos más contundentes de los años setenta, “Hacia una historia de las necesidades”, denunciaba esa expropiación achacándola a la hipertrofia de la profesionalización. Se trataba de lo que, traducido en castellano, se enuncia como “profesiones inhabilitantes”, es decir, gremios profesionales que ahora controlan todas las coordenadas en que una necesidad humana debe moldearse según el servicio que ofrecen estos gremios. En ese sentido, por ejemplo, una persona ya no puede desplazarse de un lugar a otro simplemente caminando: debe participar en una complicada red de transporte que se le impone y que niega otra posibilidad.

Dado el alcance de la reflexión de Illich no es de extrañar, por otro lado, que sus escritos hayan sido dejados de lado. Vivimos en una época donde el elemento de protesta se refugia en la asistencia del Estado. Se lucha contra lo “privado” para defender lo “público”. Pero lo público abarca hoy el dominio donde las gentes no pueden actuar por sí mismas. Esta exaltación del aparato providencial del Estado nos devuelve al callejón sin salida de la vida asistida en todas dimensiones. A partir de esta mirada, desde luego, no hay salida. Nuestro afán es mostrar que esta mirada, aunque parezca increíble, no es la única. La obra de Illich da testimonio de ello.



[1] Al utilizar el término “anarquismo” somos conscientes de que Illich siempre fue ajeno a toda militancia anarquista y tampoco podríamos encontrar referencias explícitas al anarquismo en su obra. Lo que no impide que podamos interpretar su filosofía política como una forma de anarquismo, es decir, de crítica rigurosa del poder, si nos atenemos a una acepción amplia del anarquismo.

[2] Este artículo fue traducido al castellano e incluido en el dossier que la revista El Viejo Topo dedicó a la vuelta al campo, artesanía y alternativas (1980).

 


La Convivencialidad. Virus, 2012

 

Esta reedición de La convivencialidad se acompaña de dos textos introductorios. Ambos ayudan a situar este título tanto en el conjunto de la obra de Illich como en el contexto del pensamiento crítico más actual. Al segundo texto, por cierto, que busca enlazar la aportación de Illich con el decrecimiento, se le podría objetar que, en realidad, Illich fue más lejos que la mayoría de teóricos del decrecimiento, pues si de sus obras podemos deducir un cuestionamiento radical del papel del Estado, muchos decrecentistas pasan por alto este cuestionamiento y, lo que es aún más chocante, tampoco ponen ninguna objeción a instituciones públicas como la escuela, a las que Illich tanto atacó.

En todo caso La convivencialidad es un poco el manifiesto illichiano por excelencia. Un texto que, en suma, sería el prólogo o la declaración de intenciones que estaría al principio de su investigación sobre las instituciones y las formas de poder. Merece la pena resaltar que Illich propone el término “convivencialidad” como opuesto al tipo de sociedad que engendra el industrialismo y la cultura de masas, sea bajo un régimen autoritario o parlamentario. Al poner toda su atención en las formas concretas en que se organiza la vida cotidiana y la cultura material de la sociedad, Illich demuestra que las ideologías políticas del presente cuentan mucho menos de lo que la gente cree y que debajo de estas luchas ideológicas lo que domina a las personas son estructuras técnicas y burocráticas que adquieren el rango de una segunda naturaleza.

Compendio de afirmaciones luminosas y de conclusiones certeras, La convivencialidad es hoy quizá más actual que en la época de su publicación.

 

La sociedad desescolarizada. Brulot 2011. 194 páginas.

La sociedad desescolarizada, publicada originalmente en 1971, es hoy un clásico de la literatura crítica sobre la escuela y la educación. Libro de culto en los años setenta, cuando la contracultura hacía furor y cuando los experimentos utópicos todavía estaban en boga, La sociedad desescolarizada fue más lejos que otras teorías pedagógicas al denunciar la función de los sistemas de educación formales como aparatos de división social y de conformación artificial de las conciencias. Para Illich, la escuela era la matriz donde se engendraba al individuo perfectamente adaptado a la vida sin autonomía. La escuela era, por tanto, el primer gran asalto de la expropiación institucional, después del cual, los otros podrían producirse sin mayores dramas. En efecto, el escolarizado, adiestrado concienzudamente en la falta de autonomía, puede aceptar ser expropiado de la gestión de todas las cosas que le conciernen directamente, incluyendo su muerte.

Esta edición cuenta con el prólogo de Pedro García Olivo, conocido en nuestro ámbito por su abierto rechazo de la institución educativa oficial y por sus celebrados escritos antipedagógicos. Es una pena que García Olivo caiga, al final de su prólogo, en una crítica en exceso severa y, a nuestro modo de ver, injusta, de las llamadas Escuelas Libres, teniendo en cuenta que detrás de esta denominación se esconden a veces proyectos educativos que intentan escapar al ámbito del Estado y que implican, a pesar de sus deficiencias, una posible vía de reapropiación del proceso de aprendizaje por parte de pequeñas comunidades.

En cualquier caso, el debate está servido. Sólo esperamos que La sociedad desescolarizada, con esta reedición, vuelva a traer a nuestro presente la inquietud por estas cuestiones.

 

Reportaje y reseñas publicadas en Ekintza Zuzena n.º 40, invierno 2013

 

 

  La Convivencialidad

12/07/2013 13:04:00

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