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Xavier Diez: «la historia silenciada del movimiento obrero catalán debe ser uno de los elementos que construyen la identidad de nuestro país»

Por Salvador López Arnal

«Es evidente que Cataluña no posee el monopolio de haber tenido un gran movimiento libertario. En el estado, tanto Andalucía, como Aragón, como Valencia, Menorca, Asturias y zonas del País Vasco, Galicia y Madrid tenían núcleos relevantes». Salvador López Arnal. Xavier Diez es un historiador catalán especializado en anarquismo. La conversación se centra en la última de sus aportaciones, publicada por la editorial Virus.

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¿Por qué el anarquismo es un «fet diferencial» catalán? ¿No ha habido anarquismo en otros países, en otros territorios?

En primer lugar, el título del libro es una provocación intelectual deliberada.

La «historia oficiosa catalanista», que en muy buena medida proviene del proyecto cultural y político novecentista, y que es reconstruido a mediados de los cincuenta por historiadores como Vicens Vives, destacan las virtudes de la Cataluña burguesa y obvian el hecho de una larga tradición revolucionaria entre la cual, el anarquismo tiene un gran protagonismo. El título del libro, pues, tiene la intención de ser una enmienda a la totalidad a una visión tradicional de Cataluña claramente incompleta y reivindica la ocultada historia de una sociedad rebelde, de espíritu igualitario y libertario.

Es evidente que Cataluña no posee el monopolio de haber tenido un gran movimiento libertario. En el estado, tanto Andalucía, como Aragón, como Valencia, Menorca, Asturias y zonas del País Vasco, Galicia y Madrid tenían núcleos relevantes. También países como Argentina, Italia, Estados Unidos, Cuba, Francia o Rusia han tenido movimientos libertarios de gran influencia. Pero, a diferencia de los demás, en Cataluña ya existe una tradición previa de igualitarismo social y radicalidad democrática, a menudo exitosa (es el caso del movimiento Remensa o la revolución contra la monarquía absolutista borbónica en el siglo XVII). Y también, a diferencia de la mayoría de movimientos anarquistas coetáneos, enlaza con una tradición asociativa que lleva a la CNT (una central teóricamente estatal, pero cuyos afiliados catalanes llegan a representar hasta tres cuartas partes del total) a ser capaz de construir una «contrasociedad», un modelo autogestionario que permite el éxito de la revolución de 1936, que es quizá la principal aportación histórica de Cataluña al mundo durante el siglo XX.

 

El subtítulo del libro es: «Influencia y legado del anarquismo en la historia y sociedad catalana contemporánea». Aunque me imagino la respuesta por lo que acaba de decir: ¿ha sido muy influyente el anarquismo en la Cataluña contemporánea? ¿Lo sigue siendo?

Como ya sugería en la anterior pregunta, este libro tiene un componente reivindicativo importante. Cuando estudiaba historia en la universidad entre la década de los ochenta y los noventa, el movimiento anarquista era sistemáticamente obviado o difamado. Los anarquistas (mayoría entre la generación de nuestros abuelos de clase trabajadora), eran presentados con una mezcla de violencia e ingenuidad: unos «rebeldes primitivos» en términos del historiador Eric J. Hobsbawm. En el momento en el cual uno decide investigar, utilizar fuentes primarias, incluso las fuentes coetáneas de sus detractores, descubre que el movimiento anarquista es capaz de tejer un potente universo paralelo, desde premisas antagónicas a las dominantes: es decir, desde el igualitarismo, desde ideas de libertad, de desprecio hacia los fanatismos.

Cuando hablamos de anarquismo es necesario distinguir entre el explícito (el más claramente militante) y el implícito (el que asume de manera inconsciente buena parte de sus postulados ideológicos y prácticos). El primero, sigue siendo estigmatizado y considerado por una mayoría social como potencialmente peligroso, de manera que su influencia es más bien limitada. El segundo, en cambio, forma parte del inconsciente colectivo. Y su sombra está entre nosotros, aunque no seamos capaces de distinguirlo. La ideología es como el agua para los peces. Nos movemos en ella, pero no somos conscientes de su existencia. Creencias, prácticas y concepciones morales que nos llevan a apoyar al 15-M, a la PAH, o a tomar decisiones mediante el formato de asambleas es un ejemplo de esta influencia en el subconsciente colectivo.

 

¿Cuál es el principal legado de la tradición que comentamos? 

A pesar de todas las críticas y tópicos, Cataluña es una de las sociedades más abiertas y tolerantes del mundo. Uno de los lugares en los que más se practica el nudismo (ya se hacía a principios del siglo XX), donde surgen movimientos potentes en defensa de la libertad sexual, se considera de mal gusto la ostentación, existe una práctica religiosa prácticamente marginal y superficial, una manera de relacionarse muy horizontal, una gran animadversión contra la pompa y la circunstancia, un odio feroz ante instituciones como la monarquía (representación sagrada y simbólico del poder absoluto), y una profunda cultura antiautoritaria. También somos muy estirnerianos, en el sentido que nos reímos sin problemas de lo más sagrado. Uno de los personajes simbólicos más emblemáticos que tenemos el «caganer», un personaje escatológico del pesebre que representa a un payés, con barretina y pipa, defecando al lado del nacimiento de Dios. Es una muestra sarcástica de cómo los catalanes no nos dejamos impresionar por lo más sagrado.

 

¿Por qué la CNT, como señala en el libro, ha sido el sindicato de clase de orientación anarquista más importante del mundo?

Podríamos hablar de unos números espectaculares, con una proporción que hacía de la CNT una fuerza sindical hegemónica, sin discusión, entre 1910 y 1939. Pero no se trata tanto de dimensión como de filosofía. A diferencia de los sindicatos de orientación marxista y laborista (que entienden el sindicato como un apéndice de una fuerza política) la CNT es auténticamente un «universo paralelo». Es un espacio formativo, de sociabilidad, de participación en igualdad de condiciones, de integración, de generación de ideas y debates, un espacio de comunicación y cultural, y de construcción de un mundo sin capitalismo. Se trata de una verdadera contrasociedad que está llevando a la práctica un mundo sin capitalistas, en las que las personas se autoforman como seres libres en una economía y sociedad sin diferencias de clase.

 

En la presentación del libro –«Una memoria incómoda»-, tomando pie incluso en Cervantes, habla usted del carácter indómito, insumiso y rebelde de los catalanes. ¿Estas virtudes con esenciales, transhistóricas, únicas, singulares de la ciudadanía de Cataluña en todo tiempo y lugar? ¿Son algo así como «el carácter nacional» de los catalanes?

Yo soy muy crítico ante este tipo de argumentos. Aceptar que existen «caracteres nacionales» resulta, académicamente hablando, poco serio. Además, también existe un problema. El mismo Vicens Vives define a Cataluña como una «Tierra de paso», y es cierto. Los catalanes somos el resultado de una agregación de personas que provienen un poco de todas partes. También ahora. Pero sí que acabamos dando respuestas colectivas ante circunstancias históricas difíciles. La proverbial rebeldía catalana, que recogen los textos del siglo XVI, XVII, XVIII se corresponde a la manera de reaccionar ante la presión a la cual nos someten dos grandes imperios: el francés y el castellano. Dos imperios que pretenden incorporar «y reducir a las leyes de Castilla» a un territorio heterogéneo. Ante ello, las instituciones se resisten (y ante la resistencia, los ejércitos reales matan y saquean). No hay nada que despierte una conciencia nacional como un ataque exterior, y eso es lo que se va produciendo a lo largo de la edad moderna: la creación de una sociedad resistencialista, cohesionada en base a la agresión exterior, y necesitada de autoafirmación constante. Todas las naciones, como expone Benedict Anderson, son inventadas. Y los catalanes, ante la presión externa, se reinventan conscientemente, modulando las respuestas en función del contexto.

En cierta manera, lo que sucede en Cataluña no es demasiado diferente a lo que sucede a Suiza: una agregación de personas de diferentes orígenes que se juntan para resistir a la presión de grandes imperios. En la actualidad, lo que sucede tampoco es demasiado diferente. España todavía pretende asimilar a los catalanes para reducirlos a una manera de ser uniforme, en castellano, y sin identidad propia. Y a medida que aparece gente como Franco, Aznar o Wert, más antipáticos nos volvemos (desde la perspectiva imperial, por supuesto). Y más se cohesiona Cataluña, por muy diferentes que seamos internamente.

 

Apunta también que los hombres del Noucentisme, en base a los historiadores de la Renaixença, trataron de establecer una interpretación del pasado coherente «con determinados intereses de clase». ¿Ese sesgo clasista es inevitable? Si fuera así, ¿desde qué posición construye usted su historia sobre el anarquismo catalán?

Como apuntábamos en la respuesta anterior, todo colectivo trata de dotarse de una identidad. Cada nación, busca crear un relato propio. Lo que sucede es que dentro de cada pueblo, hay grupos con influencia asimétrica, capaces de establecer narrativas diferenciadas que acaben siendo hegemónicas, de acuerdo con sus intereses de grupo. Los hombres de la Renaixença, y también los del Noucentisme, reivindican un pasado idealizado (como sucede por toda Europa en la ola nacionalista asociada al Romanticismo). Pero es un pasado tamizado por su mirada del presente. Y en ese presente, se proyectan sus principios y prejuicios de clase. Los hombres del Noucentisme y de la Renaixença están vinculados a una emergente clase burguesa, y por tanto los rasgos identitarios que destacan son aquellos que defienden sus valores: trabajo, orden, progreso, imperialismo, religión,… Incluso la idea construida por Vicens Vives en su Notícia de Catalunya, en la que destaca el «seny» como característica fundamental del presunto carácter catalán, es en realidad la proyección de los ideales del Opus Dei, que en esos momentos el historiador gerundense defiende, de la misma manera que defiende la intervención de las élites catalanas en el gobierno franquista, y que llevará a parte de las mentes más brillantes (y colaboracionistas) a participar en el Plan de Estabilización.

En mi libro, trato de desmontar estos mitos, explicando lo que son, una construcción artificial al servicio de un proyecto. Y propongo que la historia silenciada del movimiento obrero catalán (que hasta 1939 es hegemónicamente libertario) sea también uno de los elementos que participan de la construcción de la identidad de nuestro país. Al fin y al cabo, yo mismo (soy hijo de un metalúrgico) como buena parte de los historiadores provenientes de la clase trabajadora, nos dedicamos a participar en la construcción de un imaginario nacional alternativo al de las élites y acorde con otros valores, en mi caso, más proclive a la igualdad social.

 

¿Qué historia oficial niega la existencia de Cataluña como sujeto histórico? ¿Quiénes abonan esa historiografía?

Creo que está bastante claro. El ministro Wert, una de los brazos intelectuales del postfranquismo, parece obsesionado a recrear una historia oficial que niega la pluralidad y reivindica los mitos de la historia española más rancia. La que niega la pluralidad en la historia de España. La que reivindica la «obra evangelizadora» del imperio, muy del estilo de los fastos del V Centenario. La que defiende la Real Academia de la Historia. La que redacta manuales infames como García de Cortázar. La que usa la historia como instrumento político para negar la evidencia. La que veta el acceso de forenses a las fosas comunes y a los historiadores investigar el holocausto español. La que impide el acceso a los historiadores de fuentes primarias y archivos oficiales. Un ejemplo es la reciente decisión del Ministerio de Asuntos Exteriores de impedir el acceso a la documentación oficial… ¡hasta de papeles del siglo XVI!

 

¿Cree usted entonces que la memoria libertaria ha sido marginada en la historia escrita sobre Cataluña? ¿Por qué, por quiénes?

De hecho, mi libro, mi provocación intelectual, viene motivada para acabar con esta marginación interesada. Ya he comentado el hecho que, en mi formación universitaria convencional, el anarquismo no existía prácticamente… si no era para desacreditarlo sin que se ofrecieran demasiados detalles. Se puede decir que, prácticamente se negaba su existencia. Fruto de ello era que desde los estamentos académicos apenas había investigación realizada desde aquí. Cosa curiosa, la primera tesis doctoral que tuvo el anarquismo como sujeto de investigación fue a finales de la década de 1950… por parte de un religioso, Casimir Martí. En varias presentaciones me he referido a una anécdota repetida en varias ocasiones. Cada vez que buscaba documentación en el Ateneu Enciclopèdic Popular, me encontraba con varios historiadores británicos, italianos o franceses que sabían mucho más sobre el anarquismo español y catalán que colegas de mi nacionalidad.

Existía, por tanto, una ocultación deliberada. ¿Por quién? Por parte de aquellos quienes habían constatado, gracias a la Revolución de 1936, que las élites políticas, económicas, culturales, eran del todo prescindibles. Que las personas comunes eran capaces de gobernarse por sí mismas. Que las diferencias sociales son más un estorbo que una necesidad.

Por tanto, las élites fueron quienes trataron de desacreditar la experiencia y el legado libertario. Muchos historiadores ofrecían una caricatura del movimiento y las ideas libertarias, o asociaban sistemáticamente a los anarquistas con la violencia. Esto sucedía con los más conservadores, pero sobre todo con los marxistas. En primer lugar, y hasta los noventa, la guerra fría cultural seguía considerando al anarquismo como una imperdonable herejía (consideraban que los sindicatos obreros debían estar sometidos a la acción política de las élites), pero en segundo lugar, por muy de izquierdas que se reivindicasen muchos historiadores, seguían manteniendo los prejuicios de la clase de la cual procedían, que seguía siendo la dominante. La actuación posterior de buena parte de estos académicos durante la Transición (con sus inquietantes quiebros sociales e ideológicos) acabó por confirmar esta actitud hostil contra un conjunto de ideas que cuestionaban las jerarquías sociales, pero también las intelectuales.

 

Sitúa usted el sustrato histórico de la nación catalana en el feudalismo del siglo XV y habla también de la tradición de instituciones participativas como Diputación y el Consell de Cent. ¿En qué sentido eran participativas? ¿Quiénes podían participar en ellas?

Todo esto hay que valorarlo respecto al propio contexto histórico. Cataluña, durante el siglo XIII es una de las sociedades más feudalizadas de Europa. Pero en el siglo XV, agitados por motivaciones morales y por la crisis demográfica y económica del XIV, acaban rebelándose contra una estructura de poder tan sagrada como la feudal. Esto representa una verdadera revolución psicológica. La idea que la libertad en el campo debe ser conquistada por los propios campesinos, aunque para ello deba pactarse con el poder real. Y precisamente este pactismo, del cual hablan Ferran Soldevila y Vicens Vives, es lo que permite una cultura política participativa. Una participación por supuesto restrictiva, también presente en las revoluciones inglesas del XVII, excluyéndose a mujeres y a personas sin patrimonio ni condición de ciudadano (como por otra parte, también sucedía en la antigua Atenas). Pero este ensanchamiento de la base política entra en contradicción con la deriva europea hacia el absolutismo y la concentración del poder central y genera una cierta cultura democrática, de apego a instituciones participativas, que chocará con una concepción divina y centralizada del poder.

En este sentido, tampoco soy demasiado original. El mismo Kropotkin teorizó a menudo sobre las prácticas protodemocráticas de los municipios y los gremios, enfrentados a menudo ante el poder feudal y el real, y basados en una gestión, de acuerdo con estándares coetáneos, bastante democráticas, y que podrían servir de modelo alternativo al capitalismo del XIX.

 

Sostiene usted que el presidente republicano Pi y Margall se avanzó a las ideas federales elaboradas por Proudhon. ¿Qué tipo de federalismo defendía Pi y Margall?

Las ideas federalistas de Proudhon y las de Pi i Margall se vienen elaborando de manera paralela, de manera que es difícil saber quien hizo primero qué, y más teniendo en cuenta que el mundo catalán y francés del XIX estaba mucho más interrelacionado de lo que hasta ahora se había considerado (hay que agradecer esta nueva perspectiva, a investigaciones recientes sobre la permeabilidad de la frontera pirenaica como las emprendidas por mi colega Òscar Jané). Ahora bien, ambos parten de condiciones similares. Provenían de sociedades (el Jura y Cataluña) con una gran tradición gremial y municipal enfrentándose a un poder central cada vez más sofisticado, y ante una transformación política y económica (las revoluciones burguesas) en las cuales unas élites acumulaban riqueza y poder a costa de la mayoría.

Pi i Margall (como Proudhon) proponían la articulación de un federalismo fundamentado en el municipio libre y soberano, gobernado asambleariamente por la ciudadanía, y con libertad para establecer acuerdos o pactos (siempre reversibles) con otros municipios libres mediante federaciones. Esto era la alternativa a la construcción del estado moderno, dominado por élites burocráticas, políticas y económicas. El federalismo pimargalliano, como el de Proudhon, proponía una autogestión política y económica desde la base y la intervención de los ciudadanos comunes que impidiera la eclosión de la desigualdad del incipiente capitalismo, de abajo a arriba y de igual a igual. Es una pena que este concepto haya caído tan bajo en el leguaje político actual.

 

Apunta usted en el libro críticas a la interpretación del anarquismo de Eric Hobsbawm. ¿Podría resumirlas? ¿Por qué limita la influencia de la concepción marxista en Cataluña al período sesenta-noventa del siglo XX?

Hobsbawm, como buen marxista, consideraba que la clase obrera debía ser “liberada” en base a la movilización de los trabajadores a partir de instituciones superiores: el partido, el estado, las instituciones “desde arriba”. Para un marxista como el historiador británico, con una concepción hegeliana de la historia según la cual ésta tendía a un progreso lineal hasta llegar a un estadio superior de socialismo, la idea que unos individuos consideraban que no se necesitaban élites para liderar este supuesto tránsito hacia no se sabe dónde, representaba una herejía. Que las masas trabajadoras utilizaran argumentos morales frente a criterios «materiales» teóricamente científicos, era cosa de «rebeldes primitivos», es decir, de personas atrasadas que no creían en la verdad revelada del marxismo.

Y claro está, el marxismo historiográfico, muy influenciado en esquemas arbitrarios y poco flexibles, domina el panorama académico entre las décadas de los sesenta y principios de los noventa. Esto es lo que provoca una incomprensión de movimientos contrarios a la ortodoxia hegeliana, y por tanto, hacia un menosprecio, una caracterización del anarquismo como un ámbito anacrónico no sujeto a presuntas leyes inmutables de la historia.

 

Afirma que el anarquismo arraigó con fuerza en los «Países Catalanes» y que, en cambio, tiene poco peso en otras áreas de España. ¿Tampoco en Andalucía por ejemplo? ¿No la tuvo en Aragón? Por ejemplo, tomo el dato de su libro, página 44, el número de afiliados a la CNT en el resto de España en 1936 era de 312.445 y en los P. Cat. de 236.948.

Como todo, es necesario matizar esta afirmación. El anarquismo andaluz es bastante importante, pero a diferencia del de los Países Catalanes es de carácter predominantemente rural, hecho que destaca el mismo Gerald Brenan en su clásico «El laberinto español». Quizá algunos historiadores exageran bastante a la hora de caracterizarlo como «milenarista». Otros, como Woodcock, encuentran mucha mayor complejidad al ampliar la base ácrata andaluza a clases medias amenazadas en poblaciones relativamente pequeñas. Respecto al resto del territorio español, existían zonas con una implantación considerable (que se reforzará a lo largo de los años 30, alimentada con la frustración causada por el socialismo y la incapacidad de la República de modificar condiciones de vida y de trabajo), pero a menudo se trataba de territorios atomizados, sin demasiada conexión, sin demasiada capacidad de articularse socialmente.

Es en los territorios catalanes donde resulta mucho más transversal, e incluso conectado con el republicanismo, con sectores sociales más amplios, y con una mayor determinación constructiva (en el sentido que hablábamos de «contrasociedad»). El hecho de la desconfianza profunda de los catalanes hacia un estado que trataba de destruir su propia identidad, resultaba un catalizador mucho mayor a la hora de reforzar ideológica y políticamente el anarquismo. Incluso también mediante una «españolidad» imaginada, muy diferente de la «españolidad» asumida sin demasiados problemas por territorios de matriz castellana.

 

¿Qué relaciones mantuvieron la CNT y la FAI?

¡Uf! Para contestar esto es necesaria una colección de tesis doctorales… Si hay que resumirlas en un adjetivo, deberíamos utilizar el «complicadas». A riesgo de simplificar excesivamente, podríamos hablar que existe una voluntad común de tejer la nueva sociedad, que se combina con un choque de culturas políticas. Por una parte, la FAI actúa como un elemento de catalización ideológica (a menudo interpretada como conflictiva guardiana de las esencias anarcocomunistas) ante un sindicato con una pluralidad interna (política, sindical, estratégica, ideológica, sociológica,…) mucho mayor que la comúnmente admitida. Eso lleva a un conjunto de convergencias y desencuentros que, en la actualidad, continúan irresolubles.

 

¿El anarquismo catalán estuvo a favor del derecho de autodeterminación de los pueblos de Sefarad? ¿Fue independentista en algún momento?

Volvemos a lo anterior. No existe un anarquismo. Existen muchos, y variados anarquismos. El anarquismo no es ni un partido, ni un sindicato, ni un grupo, ni una tendencia. Es una especie de aire por donde vuelan los pájaros con ansias de libertad. Es un espacio complejo donde se expresan las inquietudes diversas de una sociedad compleja. Hubo anarquistas independentistas, independentistas anarquizantes, ácratas con una voluntad firme de construir una España idealizada de matriz castellana (con un respeto amplio a la diversidad), aunque con un predominio del castellano como lengua impresa (con la expresa voluntad de comunicarse a lo largo de los territorios diversos). Y, por supuesto, hubo una tendencia, no sé si predominante aunque probablemente sea así, «federalista» en el sentido pimargalliano. Municipio libre, comunidades libres y soberanas, de abajo a arriba, articuladas de alguna manera en base a una confederación ibérica. De hecho es lo que puede inferirse del lenguaje utilizado: «Confederación», «Iberia»,…

 

¿El anarquismo catalán parte sustantiva del movimiento antifranquista en Cataluña?

La resistencia más seria que tuvo el franquismo en Cataluña, y en España, provino del movimiento libertario. Cuando hablo de «seria», me estoy refiriendo a un maquis, que en el caso catalán, era, casi exclusivamente libertario. Conectando con varias cuestiones de lo ya expuesto, a menudo, desde la historiografía nacionalista, se ha magnificado la «resistencia pacífica» ante el totalitarismo franquista. Es incomparable la contundencia de gente como Quico Sabaté, Facerias, Caracremada,… respecto a la idea de heroicidad al colocar una bandera catalana en Montserrat. Creo que la narrativa histórica catalanista debería ser mucho más valiente y reconocer el papel heroico desarrollado por una guerrilla ácrata a la hora de combatir el régimen dictatorial más letal (tras Stalin y Hitler) de toda Europa.

Por otra parte, también existe un componente ácrata «implícito» en la disolución del miedo ante la dictadura. Prácticas como el antimilitarismo, la reivindicación de la libertad sexual, el naturismo, el nudismo, la cultura de la irreverencia, las pequeñas revueltas individuales a la hora de desafiar las concepciones estrechas del catolicismo,… todos ellos elementos que provienen de una concepción antiautoritaria de la existencia que tiene mucho que ver con el “legado” ácrata.

 

La CNT, afirma usted, tenía 300.000 militantes en 1977. Familiares míos muy cercanos eran parte de ese colectivo. ¿Qué pasó luego? ¿Por qué perdió fuerza en movimiento cenetista en el país? ¿Cree usted que el caso Scala fue atentado organizado por la policía?

Existió, por parte del poder, una voluntad deliberada de boicotear y abortar todo esta efervescencia libertaria. El montaje policial de la Scala es quizá el más espectacular y colectivo (no es una opinión, es un hecho probado y documentado). Pero también lo fue el diseño de la política sindical, fundamentada en privilegiar a determinadas fuerzas, y establecer una política de negociación colectiva consistente en evitar a toda costa la acción directa que caracterizaba a la CNT. Pero también es cierto que existieron otros factores que contribuyeron a erosionar el legado sindical del anarquismo. Por una parte, una fuerte división interna entre la CNT del interior y la del exilio; un choque generacional, entre los más jóvenes y veteranos; un cambio profundo en la mentalidad colectiva de los trabajadores, en el contexto de una incipiente sociedad de consumo y el embrión (actualmente abortado) de estado del bienestar. Las cosas ya no eran (afortunadamente) como en los años 30. Pero silenciar y menospreciar la historia del anarcosindicalismo resultó ser un error que tuvo como consecuencia la actual desorientación de la mayoría de trabajadores.

 

Habla usted del protagonismo de la «sociedad civil catalana» contra la mili y habla de un movimiento política e ideológicamente transversal. ¿Transversal? A los que militábamos en él no nos lo parecía. ¿Sociedad civil catalana no es un término muy generoso?

Sí, lo afirmo y lo mantengo. Cuando hablo de transversalidad, no quiero decir «unanimidad», sino que son diversos y heterogéneos los ámbitos que defendían la supresión del servicio militar. Existía un núcleo militante muy determinado y activo (al cual seguramente usted debía pertenecer), pero el conjunto de acciones fue aprovechado por gente de sectores sociales y orientaciones ideológicas que podría resultar sorprendente. De hecho, la mayoría de quienes se resistían al servicio militar provenían de capas medias y medias altas, con una sobrerepresentación de personas con estudios universitarios. Y, desde un punto de vista ideológico, existían ácratas confesos, pero también muchos católicos de base, y gente sin ideas políticas definidas, pero sí un sentido crítico profundo ante la arbitrariedad del estado. Y, a pesar de que buena parte del mundo insumiso bebía de fuentes libertarias, es necesario destacar el trabajo que hizo CiU, y especialmente su diputado Carles Campuzano, para conseguir la supresión del servicio militar. Y claro: entidades, partidos, colectivos, revistas, intelectuales, personas individuales, casals,… ¿qué es eso sino sociedad civil?

 

Como usted me pregunta le respondo. Una “sociedad civil”, un término que yo jamás usaría por la inexactitud informativa y social que suele contener (nunca vi al señor Mas, al señor Duran o al señor Pujol, parte de esa sociedad civil a la que alude, en ninguno de nuestras concentraciones, en ninguna de ellas) que se apuntó muy al final, pero que muy al final (el señor Campuzano sería un ejemplo de ello), a los objetivos del movimiento antimilitarista y por motivaciones no siempre claras y limpias. Es usted quien destaca el «trabajo» el CiU. Yo nunca me topé con ningún militante de la coalición conservadora y neoliberal en nuestros actos, en nuestras acciones algunas de ellas ciertamente arriesgadas. Usted habla de católicos de base, de ácratas, también de convergentes y unionistas, pero se olvida o cuanto menos no cita de los numerosos militantes marxistas-comunistas de diferente signo que abonaron el movimiento. Si comparamos con convergentes y unionistas (prefiero no pronunciarme sobre los otros colectivos que cita), la diferencia es aléfica, inconmensurable, medible en siglos-luz en algunos casos. Cito, por ejemplo, dos de las revistas que más apoyaron todo aquello: Mientras Tanto y En Pie de paz. No son las únicas publicaciones rojas que estuvieron en esta importante batalla ciudadana crítica.

Continuo. Si se miran las cifras que usted mismo da en la página 73, la incidencia de los objetores e insumisos es mayor en otros lugares de España –Euskadi, por ejemplo, pero también Galicia, Asturias o Madrid- que no en Cataluña. ¿No es el caso en su opinión?

Yo también me sorprendí bastante cuando mi editor, Patric de San Pedro, un histórico de la insumisión, me suministró esos datos. Mi impresión previa era que parecía que (con la excepción de Euskadi, con motivaciones más complejas), Cataluña y Madrid habían mantenido el liderazgo en el antimilitarismo. Los datos objetivos relativizan mi información. Pero, precisamente esa impresión venía producida por esa «transversalidad» catalana. En Galicia o Asturias existió mucha contestación, pero a diferencia de Cataluña, tengo la impresión subjetiva, la cosa era mucho más militante, y sin soportes o complicidades de diferentes sectores políticos y sociales. Aquí reconozco que voy a ser poco riguroso y muy fundamentado en la subjetividad, pero pienso que el rechazo al servicio militar era casi una obligación. Tenías que ser muy «friki» para que te gustara llevar armas. En otros territorios del estado, tenías que ser muy militante para hacer frente a la presión social que cuestionaba tu virilidad a quienes entendíamos que la mili era una absurda y alienante pérdida de tiempo.

 

¿Por qué cree que arraigó tanto el espiritismo en algunos colectivos anarquistas?

Pienso que esto es uno de los aspectos que hace tan indigerible el anarquismo a quienes necesitan establecer categorías y análisis rígidos. Quienes razonan desde una izquierda de matriz marxista, solamente vale lo material. Aspectos como la religiosidad acaban siendo interpretados como superstición o una especie de primitivismo.

Pero los anarquistas, no son (por lo menos no exclusivamente) materialistas. Como cualquier individuo, tienen sus «necesidades» espirituales, su necesidad de conectar con la transcendencia y el más allá. A diferencia de la religión institucionalizada, que ofrece verdades prefabricadas, muchos anarquistas desean conectar con ese «más allá» desde una perspectiva libre e igualitaria. El espiritismo es una manera directa, democrática, libre, sin ningún tipo de intermediarios, de conectar con las dimensiones espirituales, con los muertos, con lo desconocido. Es, por tanto, una religiosidad laica o no organizada.

Por supuesto, también existe una cuestión de contexto. El espiritismo no es anarquista, aunque muchos anarquistas sean espiritistas. Surge a mediados del XIX como una fórmula alternativa de relacionarse con esa dimensión desconocida. En mi libro hago alguna mención, pero sin duda, quien más ha trabajado sobre el tema (y quien ha reivindicado este hecho poco conocido) es mi colega Gerard Horta.

 

¿De dónde la influencia de la filosofía de Nietzsche en algunos colectivos anarquistas catalanes?

No soy un experto sobre la cuestión, pero en el caso de Cataluña, a lo largo de los años de la década de 1890, y hasta poco después de la Semana Trágica, en 1909, existe una confluencia entre núcleos intelectuales modernistas, hijos rebeldes de la burguesía catalana, y un movimiento obrero con inquietudes culturales profundas, buena parte de ellos linotipistas, periodistas y aficionados al teatro, y que adaptan a Ibsen como autor de referencia (de hecho, muchas de las obras del autor noruego serán representadas antes en Barcelona que en París). Es en esta época en la que se difunde el pensamiento de Nietzsche, y a través de éste, de Stirner. Es lo que, historiadores de la literatura como Joaquim Molas denomina la convivencia entre la «bohemia rosa», la de los jóvenes rebeldes de clases acomodadas, y la «bohemia negra», de aquellos que, de procedencia trabajadora, tratan de evitar el trabajo asalariado viviendo infructuosamente del arte, la conspiración nihilista, o de lo que surgiera. Esto no es algo que se limite a Cataluña, se trata de una experiencia en la que también habrá confluencias con los intelectuales de la Generación del 98, pero sobre todo, de los ambientes bohemios de París, donde surge un anarquismo individualista, de matriz muy filosófica, como la representada por teóricos como Émile Armand o Han Ryner, con una amplia difusión en Barcelona. Posteriormente a la Semana Trágica, los buenos hijos de la burguesía, asustados ante la deriva revolucionaria de matriz anarquista y por la brutal represión militar y policial desencadenada por el estado, acabarán abandonando los ambientes bohemios-revolucionarios, pero los debates intelectuales entre grupos ácratas, menos dados al sindicalismo, persistirán en muchos grupos de afinidad.

 

El último capítulo de su libro se titula: “Cataluña será libertaria o no será…”¿De verdad? Tal como están las cosas, ¿no corremos el riesgo de que Cataluña deje de existir dada la influencia no mayoritaria del anarquismo en el país de Salvat Papasseit, Federicha Montseny y José Arnal Cerezuelo (asesinado por cenetista en mayo de 1939)?

El epílogo del libro se recrea en su ánimo provocador al parafrasear a Torras i Bages (autor de la frase «Cataluña será cristiana o no será») quien consideró al catolicismo como elemento fundamental de la identidad catalana. El título de esta última parte pretende, en contraposición, reivindicar el legado libertario de nuestro país como elemento irrenunciable de nuestro pasado, escamoteado en la narrativa oficial, pero a la vez, y como conclusión final, trata de considerar como elemento identitario propio una historia en la que hombres y mujeres, en distintas épocas, desde perspectivas y finalidades diversas, y desde adjetivos diferentes, han tendido a rebelarse contra la injusticia, la opresión y la desigualdad. Y es esta tendencia al inconformismo, a la búsqueda de la libertad y la igualdad en un contexto político adverso la que ha mantenido la identidad propia. O, explicado de otra forma: nuestra rebeldía ante una sociedad autoritaria, arbitraria y desigual es la que nos define como nación. Más que la lengua, más que las tradiciones, más que la historia común, lo que nos une es nuestra voluntad de ser… libres. Por ello, la única forma de mantener nuestra identidad como nación depende de cómo estemos dispuestos a continuar resistiendo ante las diversas formas de opresión: de aquí la expresión «Cataluña será libertaria o no será», porque si deja de serlo, perderá su principal motor (permítame que resucite el término) espiritual.

Con ello no quiero decir que la existencia del país esté en peligro sin un movimiento anarquista organizado. En esta entrevista he hablado suficientemente de los conceptos de anarquismo implícito y explícito, de la diversidad de corrientes que confluyen ante una cosmovisión común, en base a unos pocos pero claros principios, que pueden aparecer bajo formas diferentes. Ayer este ánimo se podía expresar en la CNT, en personajes como Federica Montseny o la rebeldía poética de Salvat Papasseit. También podría hallarse en los payeses de remensa rebelados ante el feudalismo, a los segadores en armas contra la monarquía o a los artesanos y trabajadores que, al destruir los telares mecánicos, se oponen a la burguesía industrial del XIX. Hoy puede captarse este espíritu en movimientos como la PAH, en discursos de carácter moral como los de Ada Colau, en los entramados neocooperativistas del La Ciutat Invisible, en tipos dispuestos a desafiar a los bancos como Enric Duran o donde exista un ánimo de combatir un sistema, el capitalismo, injusto y perverso en su lógica superficial y profunda.

 

¿Por qué su libro es una respuesta al clásico de J. Vicens Vices, Noticia de Cataluña?

Creo haberlo sugerido a lo largo de la entrevista.

 

Tiene razón, perdone que insista.

Vicens Vives, como agente de la burguesía catalana colaboracionista con el franquismo (a mí me gusta hablar del «Vichy Catalán»), trata de apropiarse del país, generando una narrativa propia, un relato de Cataluña tamizada a través de los valores tradicionales y retrógrados que, más que burgueses, acababan resultando ser los del Opus Dei. Lo que ocurre es que se trata de un historiador con un extraordinario talento, meticuloso, metódico, brillante, que además escribe fantásticamente, de manera que su obra Notícia de Catalunya acaba influenciando en profundidad a la intelectualidad catalana, y su libro todavía posee un gran influjo entre el conjunto de la historiografía actual. Mi «anarquisme, fet diferencial», desde un ámbito académico, pero también cívico, advierte de las trampas intelectuales utilizadas por el historiador gerundense; la reconstrucción y radiografía de su discurso, sus motivaciones, sus objetivos, sus recursos y trucos. Una vez realizado ese trabajo de deconstrucción, trato de transmitir que Cataluña no es la nación apropiada por una única clase social o corriente ideológica. Que nuestro país posee una larga trayectoria de rebeldía, y que uno de los aspectos que resultan ser más determinantes en nuestra historia es la del papel ejercido por el anarquismo. Una historia, como ya he dicho, ignorada por la mayoría ciudadana, en parte gracias al trabajo de Vicens, quien se ocupó de minimizar el fenómeno. Vicens Vives contabiliza hasta once revoluciones en la convulsa historia de Cataluña, y que explica la dificultad de nuestro país de relacionarse con el «Minotauro», es decir, el poder. Eso lo considera uno de los peores defectos nacionales. Yo, desde mi modesta posición disidente, le doy la vuelta al argumento, y considero que es precisamente esta tendencia catalana a rebelarse ante el poder arbitrario lo que constituye quizá, la más gran virtud de nuestro país, un ejemplo de resistencia y determinación.

 

La historiografía del anarquismo catalán se renueva cada día sostiene usted. ¿Qué parte de esos estudios le resultan a usted de mayor interés? ¿De dónde ese incremento del interés por colectivos que han sido esenciales en la historia contemporánea de Cataluña?

Es cierto, y he publicado un par de artículos académicos sobre ello. Hasta los años noventa, los historiadores se preocuparon bastante por historiar el «anarquismo institucional», especialmente las organizaciones obreras (CNT, FAI, la Internacional,…) y fijar algunos episodios de violencia (la era de los atentados de 1890; la época del pistolerismo, la participación de algunos anarquistas en las patrullas de control en la retaguardia republicana,…). En menor medida, también existía algún estudio sobre ideología, cultura o medios de comunicación. En buena parte se trata de trabajos realizados por historiadores académicos que (quizá con las excepciones de Miquel Izard, Josep Termes o Pere Gabriel), realizan una mirada superficial y a menudo desacreditadora.

A partir de finales de los noventa, la situación cambia. Emerge una nueva generación de historiadores, que habiendo recibido una formación académica convencional, muchos de ellos ajenos a las clases dominantes y sus discursos, de manera que abordan nuevas temáticas sin apriorismos ideológicos. Empieza a redescubrirse la dimensión cultural y periodística del anarquismo (como los trabajos de Javier Navarro y Francisco Madrid); la aplicación de criterios antropológicos a la sociabilidad libertaria (Dolors Marín y Chris Ealham), el estudio, ya citado, de la espiritualidad (Gerard Horta), investigaciones sobre naturismo y urbanismo libertario (Eduard Masjuan, Josep Maria Roselló y José Luis Oyón); las relaciones exteriores del movimiento (Teresa Abelló y Jason Gardner), el pensamiento económico (Antoni Castells), el modelo cooperativista (La ciutat Invisible) el teatro (Francesc Foguet), el ateneismo y la cultura (los hermanos Aisa), la cuestión del feminismo (Dolors Marín y Eulàlia Vega),… podríamos seguir, y me estoy dejando a un montón de gente brillante y frentes de estudio. Lo que quiero reafirmar es que, por primera vez, se estudia a un movimiento complejo y poliédrico, desde la complejidad y desde diversas caras, de manera que tenemos una radiografía mucho más precisa que hace veinte años sobre algo difícil de estudiar y comprender. Y lo que descubrimos, trabajo tras trabajo, es que el movimiento anarquista estaba estrechamente imbricado en la sociedad catalana. El desconocimiento de la historia anarquista en Cataluña está vinculada a un negacionismo por parte de las clases dirigentes actuales (también las académicas).

Y es precisamente ese negacionismo (se niega, desde los discursos institucionales que la mayoría social de la población estuviera organizada en una contrasociedad alternativa) en un contexto de grave crisis de legitimidad del sistema, que mucha gente busque inspiración en un pasado. Un pasado poco glorioso, pero en el que la gente buscaba soluciones concretas y respuestas pragmáticas a problemas reales. Y eso era lo que hacían unos anarquistas bastante menos idealistas y mucho más pragmáticos de lo que nos han intentado vender.

 

La última, ha sido un abuso: ¿qué autor anarquista catalán tiene para usted mayor importancia histórico-cultural? ¿Qué activista, qué político, fue el más destacado en su opinión?

Me temo que voy a tener que negarme a contestar este tipo de pregunta del más puro estilo americano en base a ránquing, excelencia y culto a la personalidad y el liderazgo.

 

Lo siento, siento haber caído en ese mal lugar común.

Una de las cosas que sucede con el anarquismo es que, a priori, no existen clases. Que no se sacraliza la figura del intelectual, que no existe un canon cultural o filosófico. Que quien habla está al mismo nivel que quien escucha, y quien escribe, al mismo nivel de quien lee. Que quien es protagonista, será el acomodador o el personaje secundario, y al revés. El mejor autor anarquista es aquel que es capaz de expresar con habilidad las inquietudes de la gente. El mejor activista es aquel anónimo que hace lo necesario en el momento oportuno. El mejor político es aquel que actúa desde la base, neutralizando cualquier vedetismo, evitando una separación entre quien piensa y quien trabaja. Al fin y al cabo, el anarquismo es individualismo, es libertad, pero también es un igualitarismo radical. A mí me gusta una frase de Ricardo Mella que trata de definir en qué consiste eso del anarquismo: La libertad como base, la igualdad como medio, la fraternidad como fin.

 

Entrevista publicada en Kaos en la Red, el 10/08/2013

 

 

  L'Anarquisme fet diferencial català

13/08/2013 12:46:56

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