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Memoria de la dignidad en acción en el menospreciado centro de las periferias

 

Por Miquel Fernández

Fue mi colega antropólogo Manuel Delgado el primero que me puso sobre la pista de Pere López Sánchez. Yo me encontraba escudriñando hasta qué punto la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona fue un “objetivo de todos”. El artículo en cuestión[1], criticaba el impostado consenso alrededor del macro acontecimiento. Me sorprendió por la profundidad, originalidad de la perspectiva crítica, por la lucidez del análisis y por lo incisivo y claro del texto. Su forma de escribir y analizar, precisa y preciosa al mismo tiempo, así como una perspectiva profunda y radical, me llevaron a otros textos suyos[2]. El siguiente que atrapó mi atención ampliaba la crítica avanzándose a lo que luego sería la deslegitimación académica[3] del -hoy ya denostado incluso por sus promotores iniciales[4], Modelo Barcelona[5]. Porque tal y como nos recuerda López Sánchez -sin referirse ni una sola vez, valga el silencio como denuncia a gritos- el Modelo ha existido y debe su reconocimiento mundial, a su ardua experiencia a la hora de poner el suelo de la ciudad a disposición de especuladores locales e internacionales, tanto como para perfeccionar la explotación de pobres y  su control.

La ciudad del perdón que soñó el abuelo del olímpico alcalde, Joan Maragall, nunca ha estado tan cerca de materializarse como en el periodo que va desde su elección en el año 1986 como sede de los Juegos Olímpicos de 1992 hasta el desalojo del cine Princesa en 1996. Diez años fueron suficientes para aturdir a gran parte de su población y dar rienda suelta a un capitalismo tan salvaje como el que explica en parte el estallido de la revolución que nos relata López Sánchez. Este sueño de la Barcelona del orden tendría su primera puesta en evidencia y gran impugnación masiva con el ciclo de protestas que se iniciaría en el 2001 con la masiva ocupación de sus calles contra el Banco Mundial que tenía previsto celebrar la Annual World Bank Conference on Development Economics (ABCDE acrónimo elocuente por otro lado) en Barcelona y que llegaría hasta nuestros días en la variadas formas de ocupación de plazas públicas.

Sus anteriores monografías Un verano con mil julios[6] o El Centro histórico, un lugar para el conflicto[7] son considerados hoy en día como insoslayables para el conocimiento de la historia crítica del gobierno de las ciudades en general y concretamente del de Barcelona. Pues bien, el nuevo libro del geógrafo que aquí se reseña, ha superado todas las expectativas de quien escribe. Se trata del detallado análisis de la revolución social del primer tercio del siglo pasado en el barrio barcelonés de Can Tunis. Pero no es sólo esto. Rastros de rostros contiene una propuesta metodológica tan revolucionaria como pudieron representar los hechos que él mismo trata.

Espero que sirvan estas páginas como síntesis que haga honor a la exhaustiva investigación de López Sánchez y también como homenaje a este conmovedor, innovador e inteligente libro. Quiero destacar en estas líneas dos grandes cuestiones que a mi parecer convierten Rastros de rostros en el último trabajo imprescindible publicado en ciencias sociales en nuestro país: primero –y como se acaba de destacar- su valiosa e irreverente aportación metodológica para el abordaje de problemáticas historiográficas. Segundo, el literal alumbramiento de la lucha de los vecinos y vecinas de las Casas Baratas de Can Tunis. Un puñado de gentes que aquí como en otras obreriadas eran tratados como los piojosos, la chusma, los nadie, los eternos perdedores y perdedoras de la historia. En este sentido es quizás, la obra conocida en castellano que más se aproxima a la octava tesis sobre la historia de Walter Benjamin[8] según la cual, no lo olvidemos, la memoria se construye sobre escombros y que para los oprimidos, los pobres, los extraños... el estado de excepción, constituye la regla de su vida ordinaria. Por ello Rastros de rostros es, no cabe duda, el más incómodo testimonio de lo posible y de sus enemigos.

El estado de excepción ha inundado también el pensamiento producido desde las universidades. Resulta necesario el trabajo de López Sánchez porque impugna los elocuentes olvidos de la historiografía oficial y porque propone un método que desafía las reglas de un establishment académico habituado a observar el mundo social desde muy lejos y desde muy arriba. El trabajo es tan importante porque es el que más claramente escribe contra del estado de excepción académico que se manifiesta estableciendo qué y cómo se puede pensar, investigar o relatar. Una impronta de falsedad e hipocresía que no ha dado justa cuenta de los rastros de las efímeras victorias contra la opresión, las maneras de vivir y organizarse sin dominación de unos sobre otras.

Joan Margarit[9] recita “No és de la història que tinc nostàlgia. És de la geografía”. Y ha tenido que ser un geógrafo el que nos alerte que hoy más que nunca se debe luchar en todos los frentes para que la injusticia no persista en su transmutación en norma. Por último, cabe agradecer también a la editorial Virus la publicación de un texto alejado de las modas historiográficas y de los imponderables académicos.

Cuestión de Método. El método en cuestión

Un título como Rastros de rostros en un prado rojo (y negro) sintetiza, no solo lo que ha descubierto (y no descubierto) el autor sino cómo lo ha hecho. López Sánchez nos da una tremenda lección de cómo aprender, aprehender, descubrir (en los sentidos de destapar lo que estaba tapado y hallar lo que estaba ignorado). Él dirá a lo largo del texto “he preferido interrogantes, a interrogatorios”, dejando de lado “el papel de depredador en favor del de recolector” (p.196). Cuando no tiene datos, ofrece posibilidades y deja bien claras que son las que a él se le ocurre. Lo que sucedió es una cosa y lo que pudo suceder otra bien distinta; lo primero se pliega a los hechos, lo segundo a los deseos o a los temores. Es una postura ética pero también metodológica porque es él el primero en interrogarse sobre el valor de los datos: ¿Vale más el material de archivo o acaso son más verdad las locuciones de los protagonistas o sus conocidos? Partiendo de este respeto por lo acaecido y por la flaqueza de la memoria, escudriña el autor con total honestidad la ingente documentación de la que se ha proveído para esbozar qué pudo ocurrir y con especial ahínco, qué rastros han podido ser borrados para que todo se mantenga igual. Porque, otra premisa que supura por las páginas de Rastros de rostros es que cuesta tanto dejar huella como fácil es borrarla.

Qué se ha visto tiene que ver con cómo se ha visto y cómo se explica. Para nada es gratuito el ensayo sobre las maneras de conocer. En este sentido, las reflexiones metodológicas que destellan de un renglón a otro del libro tienen un momento especialmente valioso en la página 202.

“Las monedas tienen dos caras. Los propósitos no tienen por qué ser pretensiones. Los papeles impresos por más que estampen nombres no son de fiar, al menos del todo. Siempre han sido escritos, a menudo al dictado, arrastrando una autoría pomposa o gris, con sello o sin él. De la mirada a la escritura hay un paso: la una y la otra escarban en la realidad de los hechos —de unos hechos—, y cuentan y se fijan en lo que parece oportuno, después de lo que se alcanza a conocer, de lo que se quiere saber. Esa doble, como mínimo, reducción de realidades huidizas debería servirnos para no encumbrar unas fuentes que, aunque pasen por primarias, no dejan de ser secundarias; es decir, construidas y amañadas. Las cosas, y más los actos, dependen de los ojos que miran, o se tapan; de las bocas que hablan, o se callan. La acción siempre representará algo muy distinto para quien la hace y para quien la observa. Demasiado lejos queda cualquier pretensión absurda de rozar la verdad, si se escribe en mayúscula, por descontado. Propósito de saber qué pudo pasar, puede ser. No es mucho, pero tampoco nada” (p.202).

Sirva este párrafo como una buena muestra de la honestidad brutal del trabajo de López Sánchez. Un relato historiográfico que no inventa nada, que supone algo y dejando bien claro su componente propositivo, no lo convierte en su verdad. Expone, relaciona, analiza y no engaña. Dice lo que sabe, lo que le han dicho y todo lo sitúa en el plano correspondiente. No pretende reconstruir una verdad que nunca existió, no insiste en imponer una lectura tangencial e interesada. Y eso lo hace tomando partido claro, pero desentendiéndose de su opinión para tergiversar. Lo que él sabe que ha sucedido es lo que escribe. El resto lo supone y esta franqueza que otros autores encontrarían flaqueza es el corazón mismo del valor de su imponente trabajo de investigación.

López Sánchez se sumerge entre documentos y fuentes orales sin fiarse nunca de unos ni de otros. Quiere entender el autor, cómo la gente corriente vivió y se implicó intensamente en un proceso revolucionario. Sus datos los extrae de aquí y de allá, desde reseñas policiales hasta fichas de pensiones de viudedad de caídos en combate que utiliza para dar cuenta de la historia de las gentes de las Casas Baratas de Can Tunis. Al final, con la intención de impugnar frontalmente el silencio sobre estas gentes las nombra y las enumera: 186 hombres y mujeres que “no son tantos, pero esas huellas testimonian que quisieron y supieron estar juntos en sus presentes adversos, haciendo por y pensando en un futuro próximo” (p.206)

Tampoco y para nada el despliegue de los capítulos ni el desarrollo de la narración es canónico. No hay evolución, no hay -siempre- una secuencia correcta y unívoca de los hechos -principio que nos recordaba insistentemente el gran cineasta Joaquim Jordà- vienen y van y con el vaivén nos introduce López Sánchez y desde el principio en los intestinales resortes de los interrogantes de la historia, la personal y la colectiva, la oficial, pero sobre todo la olvidada -y masacrada.

Recuerdos de una revolución que fue una guerra (de clases)

Ahora es el subtítulo el que nos pone sobre la pista de qué se narra. Las Casas baratas de Can Tunis en la revolución social de los años treinta congrega los resultados de una mayúscula indagación sobre los hechos, las personas, los lugares y las prácticas que protagonizaron la primera y quizás única revolución libertaria en Europa. Para ello concentra su campo de observación en un barrio, eso sí, periférico en toda la amplitud del término, Can Tunis. La obra quiere recuperar un hilo roto de la historia. Un hilo que no sólo se rompió por la derrota, también porque estos derrotados y derrotadas nacieron, crecieron y murieron en el margen aún siendo mayoría. Para ello reconstruye “trazos hechos trizas” (p. 56) añorando la ciudad que hubo pero sin condescendencia ni nada parecido ya que el retrato “miserabilista le asquea”(p. 114). Es ante todo un relato sobre lo incógnito, una especie de micromemoria del dolor, del sufrimiento de los pobres, de los eternos perdedores, de sus esperanzas y de las prácticas para colmarlas. Ahora sí, ¿por qué es tan difícil conocer la memoria de los desposeídos, de los derrotados? ¿Qué nos dirá de nuevo Walter Benjamin? Los efectos de la derrota no son solo barridos, sino también ilegalizados, maltratados hasta tal punto que algunos de sus protagonistas vivos -o sus familiares- no quieran recordar lo oscuro y doloroso de aquel acaecer. Es en este sentido que entendemos a Benjamin y que tanto López Sánchez como quien escribe, subscriben que “en aquellos barrios, rasgar la memoria es ingrato, incómodo, cuando no un suplicio” (p.207).

Propone él que el modelo de análisis que ha resultado del examen del inmenso volumen de material con el que ha trabajado sirva para comprender lo que ocurrió en el resto de la ciudad. Es el mismo autor quien nos lo hace notar: “Aunque sólo fuese esbozando lo ocurrido en aquel prado rojo y sus alrededores, salta a la vista que sus aconteceres se asemejan demasiado a los devaneos que sacudieron el resto de la ciudad. Allá pasó de todo lo que tenía que pasar, aunque no tanto o en mayor medida que en otros sitios” (p.294).

La historia oculta de los desarrapados comienza con los efectos de uno de los pilares fundamentales de lo que luego sería el Model Barcelona[10], es decir, la propulsión pública para la producción intensiva de plusvalías para oligopolios que ha significado la promoción de megaeventos. En este caso de estudio, es la celebración de la Exposición Internacional de 1929. Barcelona se dispone a adecuar la ciudad para este acontecimiento. La anterior exposición de 1888, así como el decidido empuje de la élite barcelonesa para sacar tajada del capital que contenía el precio del suelo de la Ciudad de los prodigios y su flamane Ensanche, va a convertir el acontecimiento en una nueva etapa de la típica acumulación capitalista, más que original, reincidente. Primero, la importación de mano de obra del resto del Estado a precios coloniales como primer aliciente para la concentración de capital. Luego, hacer la “ciudad atractiva”, ya en este momento, supone apartar de la vista el sufrimiento y la pobreza -precisamente encarnada en los cuerpos movilizados para ser duramente explotados en Barcelona- que afearían cualquier postal. Lo siguiente será disponer la ciudad para el consumo –o mejor dicho, para ser consumida, tal como ha llegado a nuestros días en la feria de las salvajadas de un capitalismo contrahumanista que muestra hoy, a principios del siglo XXI tanta violencia como en aquel primer tercio del pasado.

Las Casas Baratas de Can Tunis se construyen en este contexto. Su objetivo oficial será eliminar de la vista de visitantes las chabolas de la montaña de Montjuïc. “Todo debía estar a punto o aparentarlo”(p. 64). La corrupción urbanística ya galopaba en esta Barcelona post-prodigiosa. El plan se elaboró para alojar 6500 familias que vivían en barracas, pero acabó construyendo solamente 2329 casas baratas. Parece ser que, ayer como hoy, el dinero destinado a la construcción de las casas fue a los bolsillos de los especuladores de las buenas familias de Barcelona.

La indisciplina no es espontánea

La capacidad creadora de un movimiento revolucionario está basada en la abundancia de iniciativas, y especialmente, en la rapidez de su realización (p.219). Los protagonistas de esta historia son, no lo olvidemos los obreros, y un obrero es “aquel al que no le queda otro remedio que ponerse a trabajar para otro”, que por otro lado, era los que vivían en las obreriadas, de las cuales, el Prat Vermell era una entre tantas. Un motivo no siempre argüido y casi siempre determinante para dar cuenta del estallido revolucionario lo encontramos en el hartazgo de los sometidos: “no aguantábamos a tanto señoritingo nuevo o viejo” (p.48). “Tan insoportable resulta la miseria como la tiranía” (p.82). Afirmación que cruza todo el libro de una manera u otra.

Pere López Sánchez ahonda en la vida cotidiana, en las reflexiones que elaboraban aquellos vecinos y vecinas periféricos. Los personajes de la historia definían las elecciones como superstición, su convencimiento de la “imposibilidad absoluta que tenía la política para resolver los problemas obreros” (162).

“El nosotros suyo -que respetaba las individualidades pero denostaba los individualismos- se fraguaba a través de los contactos que mantenían en idas y vueltas del trabajo, en la estancia en el barrio, en las complicidades derivadas de renegar juntos de la miseria y la opresión que padecían, y de apostar, aunque fuera a tientas, por otro presente y futuro. Estaban aislados de la ciudad pero juntos por las ansias de reivindicación y emancipación. Por conveniencia quizás” (p.164).

Por ello, por conveniencia quizás allí también emergió la realización cultural de los principios autodidactas populares en la forma del Ateneo de defensa obrera. Con fines declarados de bastión moral, donde se llevaban a cabo jornadas poéticas o teatrales, y conferencias  (una de ellas sobre la futura sociedad sin dinero), festivales pro presos y en general con una actitud resuelta para abordar cualquier faceta de la vida que les afectara.

El autor recoge historias olvidadas como la variedad de huelgas desatadas: por solidaridad con un compañero despedido, “huelgas por la dignidad colectiva”, en solidaridad internacional (con los mártires de Chicago por ejemplo), o las de brazos caídos. A éstas se añade la de alquileres y las múltiples protestas contra los desahucios o las cláusulas abusivas de los contratos de las Casas Baratas. Cantidad de notas nos ofrece López Sánchez para encontrar las similitudes -idénticas, en su presente y en el nuestro- entre las formas de responder a los desalojos en los barrios de Sants, Hostafrancs o La Magoria. La huelga afectará a más de 90.000 viviendas y llegará -con variada intensidad- hasta 1942. “Porqué no iban a dejarse robar para vivir y más, con tanto lujo desbocado a su alrededor” (p.176). De hecho, a los desalojos se les respondía con realojos, como los masivos que se produjeron en la noche de Sant Joan de 1931 (p.182). Sin lugar a duda, el preámbulo de nuestra emocionante y guerrera PAH (Plataforma d'Afectats per la Hipoteca). En este importante hecho que hoy tenemos tan presente se hace manifiesto en el mitin que generaliza la huelga el primer julio del 1931 y se demanda que los parados no paguen, que se eliminen los depósitos y la reducción del 40% para los trabajadores. Por entonces la huelga de alquileres habría adquirido brío. El gobernador civil Esplá Rizo y el presidente de la Cámara de la propiedad Pich i Pon (quien será alcalde de la ciudad en 1935) se alían para “imponer la paz civil”. Mientras, los inquilinos se organizan para impedir los desahucios.

Y es que, estos hombres, mujeres, mayores y niños, antes y durante la revolución “iban a por el todo” partiendo de que eran los del montón, los que no querían ser más que uno más, los que, al fin, revindicaban que la “civilización también les alcanzase a ellos”.

Esta obra, cabe insistir, es ante todo un arma para ruborizar a quienes tildaron la revolución de los años treinta de “resultado de la silvestrada”. Y no se rehúyen las acusaciones: “¿Acaso se puede hacer una revolución sin gota de violencia?” (p.283). “En la justicia de los revolucionarios, policía, juez y verdugo se confundían en una. Esa metamorfosis de la justa justicia tampoco era tan novedosa. La conocían de antaño, tanto como para saber, por desgracia, que la única verdad jurídica era ésa” (p.290). Aun así la investigación sirve igualmente para desmentir el estigma del asilvestramiento sobre las gentes de aquellas casas: en el Prat Vermell hubieron apenas cuatro muertos represaliados por los obreros.

Todo el libro es una impugnación directa a los que han encontrado  que la eclosión anarquista del 1936 resultó una espontaneidad, para sonrojarlos se dice que de espontaneidad ninguna, que todo lo contrario, que “al acecho a la coyuntura se le ha llamado espontaneidad” (p.232) […] “ebulliciones subterráneas que a borbotones remueven las calamidades de la supervivencia […] “Los piojosos de aquel barrio y otros similares se apuntaron de golpe y porrazo, sin ninguna preparación, a aquella revolución social que desbarató muchas vidas, las primeras las suyas” (p.92-93) o “el asombro dejará de ser sorpresa y como bulo quedarán las manidas argucias que pontifican su irrupción por ensalmo, que de la nada arremetieron los nadie, que con nada quisieron comérselo todo y de malos modos” (p.201). Porque salió la fachanderia a darles reacción y se llevaron revolución. “En los extremos de la ciudad de los prodigios, cuando la tortilla se giró bruscamente se atrevieron con desparpajo -algunos dirán que incontrolado- a lucir el mango de la sartén. Las periferias pasaron, al menos durante un buen trecho a ser centro. Arrastraron a los márgenes a sus eternos rivales” (p.159).

Y llega al “domingo sin festival”. Recoge el famoso santo y seña del 18 de julio, Fernando, Furriel, Ferrol. Enumera los planes golpistas bajo la clave de “operar al niño” que fueron seis: tres de ellos programados para antes, dos después e incluso uno el mismo día de las elecciones que dieron la victoria al Frente Popular el 14 de abril de 1936 (p.211).

Recupera también como aquella mañana de domingo, hubieron actos de confraternización entre el pueblo en armas y, por ejemplo, durante el asedio al cuartel de Lepanto, unos militares, después de ondear la bandera blanca, abrieron las puertas del cuartel y se abrazaron a los revolucionarios (p.217). Y durante las siguientes páginas, establece el recorrido de las gentes armadas contra la reacción -el que fue y el que pudo ser- de los que creyeron que era el momento de ir a por el todo.

Por momentos parece que existe un convencimiento general de la inminencia de la instauración del comunismo libertario. Esto no fue así pero la atmósfera lo recogía y obligaba a dignos dignatarios a no poder disociar en su vocabulario público las palabras “orden” y “revolucionario”. Fue el momento de “puesta de largo de las patrullas de control” (p.220). Se declaró la guerra a los parásitos sociales, se imponían multas a los industriales, éstas funcionaban a modo de impuesto revolucionario […] “se les hizo la vida imposible, acosándolos a capricho con tropelías varias (p.223). Porque tampoco esto oculta el autor cuando recoge otro testimonio que reconoce “de todo hubo, como en la viña del señor, no podía ser de otro modo” (p. 227)

Guerras subterráneas

En Rastros de rostros se expone cantidad de ejemplos detallados y probados de estrategias de criminalización y sus efectos que se esperaban amedrentadores. A los vecinos de Can Tunis, se les acusaba falsamente, se infligían castigos gratuitos, se les encarcelaba sin condena y un largo etcétera. La criminalización de aquellos años - que tan familiar nos resulta hoy- se cocía con las triadas escogidas e hirientes “obrero, anarquista, pistolero” o la tan infame de “inmigrantes, jornaleros y analfabetos” que eran la manera “correcta” cuando esta corrección les impedía decir “malhechores, maleantes y ladrones”. Como toda criminalización su principal función era distraer la atención que se tenía sobre los delitos que se cometían en las “altas esferas”, para que allí como aquí hoy y ayer, los grandes criminales, queden indemnes:

“En aquellas fechas, para atracos —decían ellos— los de guante blanco, que se prodigaban sin impedimentos ni censuras; para celo en el mantenimiento del orden el descarado locaut del paro forzoso impuesto por una burguesía, cuyas preferencias —rojigualdas, cuatribarradas o con tintes violetas republicanos— eran pura tramoya, ya que sin distinción de banderas se aunaban todos a una en la defensa —como fuese— de sus beneficios, pues sólo profesaban, en el fondo, devoción y entrega por el color del dinero. En la prensa obrera ya ironizaban: «un piso modesto cuesta diez, quince, veinte duros al mes; un pan cuesta setenta y cinco céntimos; un par de zapatos, veinte pesetas. Decididamente, señor Ametlla —el entonces gobernador— hay que acabar con los atracadores» (p.200)

Hoy la estructura del menosprecio contra “los de abajo” se mantiene intacta, cambian, quizás los epítetos, adaptados a la corrección política de cada época.

La violencia adquiría los tintes clásicos más allá de las corrientes escaramuzas o de la clásica y por ello a veces invisible violencia objetiva o estructural. Concretamente ésta se dio en la forma de una resurrección del pistolerismo en los años treinta que se creyó enterrado en 1923 según la historiografía al uso[11]. Un inventario de somatenes o de Bandas negras hasta bien entrada la década de los años 30, organizaciones paramilitares y criminales pagadas por la patronal, protegidas por los gobernantes, civiles, militares y jefes supremos de la policía cuando no, directamente sicarios del Sindicato Libre que provocaron numerosas muertes de obreros (p.102). Se trataba, al fin, de una “sorda guerra social” […] “un mar de fuego subterráneo” [...] “en una Barcelona que seguía siendo un volcán” (pp. 124, 145, 125 respectivamente). El repertorio de acciones insurrectas pasaba por la destrucción del iluminado de las fábricas hasta la lucha de los maquis (donde participaron un puñado de aquellos vecinos), pasando por los boicots a quienes, por ejemplo, acaparaban productos además de un sinfín de refriegas cotidianas en los lugares de trabajo.

“Con la huelga se pretendía destacar los modos que tomaba esta contundente forma de lucha. La acción directa -nos recuerda el autor- cuando es expresión sin mediaciones, de una base numerosa decidida a agarrar unas botas, unas pesetas, un descanso en el plano material y a no perder la dignidad en lo que ellos, manumisos o insumisos de nuestro tiempo denominaban mejora o emancipación moral” (p.105). Sabemos de huelgas de hambre en prisión y también de la dura represión republicana, comandada en Catalunya por Lluís Companys (p. 120). López Sánchez sitúa durante unas páginas el centro del debate en las formas de control social no burguesas, es decir replanteando la máxima marxista según la cual, la seguridad es el supremo concepto burgués. Para ello, recupera también el control social que el mismo anarcosindicalismo llevaba a cabo, cuando por ejemplo, consideraban los robos de obreros como “actos de rebeldía mal encaminados […] y por tanto dignos de reprobación” (p.123).  “¡Nobleza sí, pillaje no!, ¡justicieros conscientes sí! “asesinos nunca”, clamaran desde Solidaridad Obrera (p. 291).

El silenciado e ignorado cual tabú papel de la “chiquillada” en la revolución, su participación en las barricadas “amontonando adoquines durante el día, ensanchando los boquetes en la calle y haciendo los montones más grandes” (p.126). Lo mismo recupera las diversas formas de lucha de las mujeres, por ejemplo, las vendedoras ambulantes, duramente perseguidas por la República, “revoltosas que no se achicaban ante las medidas represivas y hasta pudieron ser revolucionarias”. Y es imposible que uno no le venga a la mente las actuales y demasiado recurrentes imágenes de “manteros” corriendo frente a la policía o incluso enfrentándose a ella como aquel plante en Calafell en agosto del 2012, el más reciente de julio de 2013 en Torrevieja o en mayo de 2012, en el madrileño barrio de Lavapies que, obligó a un policía a disparar con su arma por la respuesta que encontraron de éstos y de los vecinos. O la reivindicación del derecho -ya no a la ciudad- a la vida, a que no se les “apartara de la civilización”. La síntesis expresada con el título del capítulo X “Mal de muchos, remedio de todos” recoge las sanciones obreras a los que no acataban por ejemplo, el boicot a un tendero acaparador. Las luchas aglutinaron porque el sufrimiento era transversal entre obreros y demás fuerzas productivas y reproductivas. “Ir a por el todo”, los asaltos al economato, los esfuerzos por distinguir a los “esquiroles por necesidad” de los “revienta huelgas profesionales” (142), las exigencias -aún hoy revolucionarias- de la jornada laboral de 6 horas.

Se narra con sumo detalle el conflicto con la fábrica ALENA. Al despedir a los obreros, éstos ocupan la fábrica. Se detalla los enfrentamientos entre obreros cenetistas -a los que se les prohibió trabajar- y falsos trabajadores de la UGT (Unió General de Treballadors) armados -que resultaron ser del Sindicato Libre. La cobertura de la República se realizó sin pudor y a Lluís Companys no le tembló la mano ni para firmar un ajusticiamiento a un libertario ni para “enviar la fuerza necesaria para garantizar el orden y la libertad de trabajo” (p.152). La cosa acabó con disparos y 13 heridos, 4 de ellos graves, las condenas de muerte a población del barrió fueron 3 en diciembre de 1938.

Detalles claros también de partes olvidadas de la historia. Como el sangriento 1º de mayo de 1931: Se produjo un mitin en el Palacio de Bellas Artes donde se reclamaba la libertad de -todos- los presos, el desarme y la disolución de la Guardia Civil, la incautación de los capitales del clero o la rebaja de los precios de los alquileres. Después de la primera proclama se produjeron unos disparos y el ejército ocupó lugares estratégicos. Companys alabó la “ponderación” de las fuerzas de seguridad y afirmó que Barcelona era ingobernable y que se debía deportar a los “elementos perturbadores” para así también poder atender a “los arraigados” (p.174).

También recoge las reuniones entre militares leales a la República y Francisco Ascaso, Buenaventura Durruti y Joan García Oliver -Los Solidarios primero, y más tarde Nosotros- en el restaurante Las Siete Puertas. Mientras en el gobierno, la inocencia se mezclaba con el interés, en las obreriadas “los bríos, más que achicarse se multiplicaban” y un testimonio directo recuerda la confianza que tenían y afirma que “aquellos fachas esta vez se llevarían su merecido y que tras acabar con ellos empezaría la revolución” (pp. 213-215).

Los asaltos al barrio por parte de las fuerzas del orden eran comunes y tenían como finalidad sembrar el pánico y amedrentar a sus gentes.

“Es una incógnita si medraron ateniéndose a los tres caminos que, desde los círculos obreros, se abrían para los que no disponían de un céntimo, para los que ni venderse podían por un exiguo jornal. A escoger había, decían, entre morirse de hambre y de frío por las calles, pedir limosna extendiendo la mano a la caridad pública o afirmar los fueros de la vida por la fuerza tomando el pan donde lo hubiera. El Cangrio, en uno de sus poemas quejándose de que por más que sembraran flores ellos recogían espinas, le recitaba a su hijo, tras días deambulando en busca de faena y ver sus lloros por hambre —«por qué se ponen las nubes si tus ojos son soles»—, que «esta noche ten por seguro que pan tendrás, que no te habrá de faltar» (p.201).

Después del domingo entonces, el ensayo de una sociedad libre. “Vivir la utopía no era un señuelo” [...] “palpaban otro mundo, parido de sus culturas prácticas” (p.232), “no se contentaban con promesas aplazables, no pensaban en renunciar a nada, costara lo que costara” (p.231). Se pensó en abolir el dinero y se hizo lo propio con la usura. Los líderes eran de quita y pon. Se funcionaba mediante intercambios, y colectivizaciones -una de las más importantes de la zona, fue la misma fábrica el Prat Vermell. Se encontraron soluciones al gravísimo problema de la vivienda y una organización eficiente mediante la autogestión y la disciplina. Porque era amantes de la disciplina, “pero no de esa disciplina cuartelaria o conventual que les pretendían imponer, sino de la disciplina del deber entregada a encauzar la revolución” (p.253). Y después, muy pronto y para medio centenar de años -al menos- el antes en el que estamos hoy.

El asedio a la revolución

Un lugar y unas gentes como las que participaron en la revolución social de los años treinta desde las Casas Baratas de Can Tunis, fueron y han sido “el aparador de la leyenda negra de los márgenes” (280), una estigma este trabajo finalmente corrige. Y es aquí donde nos encontramos de nuevo con lo que parecen los fines latentes de esta obra: Abochornar a los que “han hablado hasta la extenuación de crímenes y castigos para tapar las aportaciones constructivas en que se empeñaron tantos anónimos que trabajaron, como proclamaban, para la eternidad labrando el sueño igualitario” (p.282).

Se estableció una falsa disyuntiva: claudicar o perder la guerra, se trataba de un sólido golpe a la Revolución (239). Aun así, la huelga de alquileres no se detuvo y el rechazo a la movilización se extendió. Fascistas y republicanos se unieron contra la revolución libertaria. Una guerra a la utopía hecha realidad empezó -o mejor dicho, continuó- en este lado del Ebro. Se intentó borrar de un plumazo la administración popular urbana, el gobierno se puso en contra de las colectivizaciones y de las patrullas de control que se querían desmantelar, momento en que UGT se desmarca de las mismas (p.257), en definitiva, un acecho en toda regla al proceso revolucionario. 

Els Fets de Maig del 37 fueron el colofón de este giro contrarevolucionario. Un clímax al que se llegó después de innumerables colisiones esporádicas, de diversos altercados en las calles, cuando la rivalidad entre el gobierno y los y las ingobernables era ya un antagonismo irreductible. Se prohibió la circulación de armas, disolviéronse los tribunales populares. Este mayo sangriento acabó con la vida de 500 personas y con más de 1500 heridos. Comportó la disolución inmediata de las patrullas que aumentaron a 900 el número de cenetistas confinados (p.267). Los destellos de dignidad alcanzaban la prisión, donde se multiplicaban los motines.

Existía la sospecha que las élites comunistas promovieron los disturbios previos als Fets de maig. Y durante unos días, semanas tal vez, planeó la posibilidad de un golpe de Estado al Estado (p.269). El mismo denostado -aún hoy- barrio del Raval, se convirtió en una fortaleza estratégica en pleno corazón de la ciudad.

Describe el autor -con sumo detalle- la guerra sucia contra la Revolución iniciada prácticamente después de aquel corto verano de la anarquía. Toma nota de un complot de “nacionalistas catalanes de postín que estaban fraguando en contra de la misma Generalitat” (285). El texto recuerda que militantes de ERC formaron parte de las Patrullas de Control, aunque sea bien sabido como el mismo partido se desentendió de ellas y las demonizó.

La represión en Can Tunis fue esperpéntica. Y luego de la guerra, la derrota: represión, muerte, fusilamientos, campos de trabajo, de concentración, de exterminio. Muchos de los vecinos de las Casas Baratas acabaron en lo que fue un campo de exterminio avant la lettre, un experimento nazi, en Colliure. “Una desmoralización a raudales, sueños por tierra, abandonados por los ideales, rechazos a proseguir con más sacrificios, penurias y estómagos vacios”. El cálculo que realiza López Sánchez es aterrador.: Por activa o por pasiva la represión -fusilamientos, detenciones, encarcelamientos, exilios forzados o confinamiento en campos de concentración franceses o españoles- apartó del barrio a un 25% de su población (p.305).

Mientras y durante, los apresados. No hubo ninguna familia en el barrio que no tuviera alguno de sus miembros en la cárcel. Las calles, eran otro enorme presidio (p.309), hasta el punto que según López Sánchez, la prisión se inauguraría en este momento como modelo de ciudad (p.326).

Los Rastros de rostros han tenido papel ahora, escrito y que se ha plasmado en esta obra como “el lamento, a veces grito sordo de las gentes de las barriadas extremas”. Lugar de excepción permanente como nos explicaba donde un salvajismo infundado ha justificado todo tipo de abusos contra aquellas gentes. Vecinos y vecinas de Can Tunis que no pudieron ver florecer el nuevo mundo que soñaron y cultivaron. Dejaron, eso sí rastros que no se han podido borrar. López Sánchez los ha recuperado, al fin, para combustible de la actual dignidad en acción.

 

Notas

[1] López Sánchez, Pere, 1991.

[2] López Sánchez, Pere, 1986, 1993a

[3] Las críticas han sido masivas desde principios del presente siglo, momento en que se acuña la célebre formulación del Modelo Barcelona para referirse a las trasformaciones urbanísticas desde que Barcelona es escogida como sede de los JJOO de 1992. Quizás haya llegado el momento de reconocer con más ahínco la trascendental aportación de López Sánchez (1986, 1991, 1993a, 1993b) a la crítica al modelo de ciudad incluso antes que existiera la exitosa denominación. Ver  Capel, 2005, 2007, 2009, 2010; Degen, García, & Cavalcanti, 2008; Delgado, 2007; Montaner, Álvarez, & Muxí, 2011; Ter Minassian, 2009; Von Heeren, 2002.

[4]  Uno de los más notables precursores y ahora críticos con el modelo es Jordi Borja. Sus últimas apariciones públicas ya sea mediante libros, artículos, capítulos de libro o conferencias se distancia de lo que él contempla como una traición al modelo original, el que personas como él diseñaron. Aunque ahora se haya transubstanciado en uno de los críticos de dicho modelo, es, al mismo tiempo uno de sus más importantes exportadores en varias ciudades latinoamericanas. Ver Borja, 2009, 2013.

[5] López Sánchez, Pere, 1993b

[6] López Sánchez, Pere, 1993c

[7] López Sánchez, Pere, 1986

[8] Benjamin, Walter, [1959] 2008.

[9] Margarit, Joan, 2010

[10] O la Barcelona- Model, expresión con la que algunos críticos del conocido como Pla Macià evocaban la infausta prisión, presagiando en qué se convertiría la ciudad postolímpica y particularmente, sus barrios más irredentos

[11] González Calleja & del Rey Reguillo, 1995; León-Ignacio, 1981; Pradas, 2003; Tavera, 1995.

 

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  Rastros de rostros

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