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La liturgia del juego. Brasil 2014

Por José Martínez Rubio

La Copa del Mundo ha comenzado en Brasil a ritmo de samba, Ricky Martin y guerrilla urbana. O lo que es lo mismo: cerveza para todos, Pitbull y ocho muertos en la remodelación de los estadios que serán las sedes del Mundial. A contrarreloj igual que sucedió el 26 de mayo de 2008, cuando murieron 4 trabajadores en las obras del Nuevo Mestalla, cuya inminente inauguración –que nunca se produjo- obligaba a doblar horas y turnos de trabajo; muertos que no cuentan en la historia del deporte, ni en la historia de una ciudad, ni del urbanismo y sus expectativas. ¿Fatalidad? La fatalidad nunca puede ser explicada, y estos sucesos en efecto se explican desde el punto de vista de la violencia: la violencia con que desalojan barrios enteros de pobres en Río de Janeiro; la violencia con que se reprimen las manifestaciones ciudadanas que denuncian los bajos salarios, la insuficiente inversión en sanidad o en educación, la escandalosa inversión de capital público y privado en este espectáculo mundial y en los Juegos Olímpicos de 2016... La violencia de la militarización del espacio público. La violencia del espectáculo. La violencia de la desproporción: por la parte que nos toca, la selección española se rembolsará 720.000 euros por jugador en caso de ganar el Mundial.

Sostiene Marc Perelman en La barbarie deportiva que es el deporte, con todas sus consecuencias sociales y culturales, el que configura un nuevo totalitarismo y un nuevo imperialismo contemporáneo bajo los efectos alucinógenos de los penaltis no pitados, los goles en el último minuto y la fascinación muscular de los jugadores. Todo con sabor a Coca Cola: la chispa de la vida. Perelman subtitula su ensayo en tanto que “Crítica de una plaga mundial”, una plaga que imprime no solo un nuevo modelo de vida, sino también un nuevo modelo de sociedad y un nuevo modelo de ciudad.

Deporte, hegemonía y capitalismo

El deporte sirve al poder y vale fundamentalmente para legitimar a la clase hegemónica. Las Olimpiadas de Berlín en 1936 sirvieron para mostrarle al mundo de lo que era capaz de alcanzar Alemania. El Mundial de Argentina en 1978 sirvió para que el genocida Jorge Rafael Videla entregara la copa de vencedores al capitán Daniel Passarella, entre los aplausos del pueblo y de las autoridades políticas que llenaban el estadio y los televisores, mientras en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA) se “desaparecía” a la oposición política (30.000 detenidos desaparecidos en total). Las Olimpiadas de Moscú en 1980 o las de Pekín en 2008 buscaban, a través del deporte, mostrar la potencia del modelo comunista, asombrar al mundo con un espectáculo nunca visto, con un derroche económico incalculable que fascinara y que aterrorizara a nivel político y diplomático. Barcelona 92 fue nuestra sonrisa europea, nuestro agradecimiento hipotecado al mundo del que ya formábamos parte como democracia recobrada del agujero de la historia.

El fútbol, el deporte o las Olimpiadas son la estrategia que tiene el capitalismo internacional para extender su ideología ultraliberal y reforzar su implantación en nuevos mercados, legitimar sus mecanismos de poder y blindarlos en un mundo globalizado del que nadie puede escapar. 20.000 agentes patrullarán solo la ciudad de Río de Janeiro y el ejército controlará accesos a hoteles, aeropuertos y estadios: nadie duda en estos momentos de que la experiencia de Londres 2012 o la propia experiencia de Pekín 2008 sirvieron para extender los mecanismos de control sobre la población: la seguridad nacional (la de la ciudadanía, se supone) era innegociable. Y la seguridad significa restricción. La seguridad entra en conflicto con los espacios de libertades públicas y privadas. Y la seguridad, no cabe duda, es un negocio en manos de muy pocos.

Igual que es un negocio los patrocinadores de los eventos. Según cuenta Perelman, en 2012 el Gobierno brasileño aprobó la “Ley General de la Copa” para que entrara en vigor durante los días de competición; mediante esta Ley se obligaba a considerar festivo el día en que jugara la selección de Brasil, se reducía el número de entradas a la venta para aumentar su precio, se prohibía vender refrescos no autorizados en las inmediaciones del estadio, se eximía de pagar impuestos a las empresas patrocinadoras del Mundial y lo más alucinante es que se establecían tribunales de excepción para los delitos contra la imagen de la FIFA. Atentar contra la imagen de la Federación pasaría a ser considerado delito federal, y serían juzgados por tribunales ajenos a la jurisdicción brasileña. Estos “tribunales de la Copa” son anticonstitucionales en Brasil (y en cualquier país desarrollado, que no contempla más legislación que la nacional o la de instancias judiciales supranacionales), pero fue una de las condiciones de la FIFA para llevar el mundial a Sudamérica, habida cuenta del éxito que tuvieron estos tribunales durante el mundial de Sudáfrica 2010. El deporte, al parecer, era una excusa para extender los mecanismos de dominación económica global. Incluso a pesar de las leyes nacionales. Y ni que decir tiene, a pesar de la indignación ciudadana. Incluso a pesar de las tradiciones de una comunidad o de la configuración del territorio concreto: el territorio se modifica, se construyen bloques de edificios con una estética universal, se trazan nuevas vías de acceso y de circulación, nuevos espacios como las villas olímpicas o nuevos estadios, pabellones, etc.

Sexo e ideología del triunfo

Si el deporte vale para reforzar la hegemonía política y sobre todo económica, es fácil pensar que lo hace desde una ideología basada en la competición, el triunfo, la superación y la conquista constante de récords mundiales. La espectacularización del deporte, su mediatización a escala mundial, imprime todos estos valores en la ciudadanía, y son precisamente los valores de acumulación, de superación y de competencia que alientan el capitalismo desde su nacimiento. Marx en estado puro.

¿Qué es el dopaje?, se preguntará Perelman. No es el gusano que se encuentra en la manzana de la inocencia, o el pecado que mancha la Carta Olímpica y el llamado espíritu olímpico, esas llaves maestras que abre la tómbola de los negocios en cualquier rincón del mundo. El dopaje se encuentra precisamente en el fundamento de la competición deportiva: retorcer el cuerpo, negociar con la legalidad y conseguir un espectáculo asombroso para las masas en forma de nuevo récord histórico. Los “dioses del estadio” imprimen una violencia simbólica sobre la estructura social heterogénea, de modo que erige modelos de triunfo y de heroísmo inalcanzables por prácticamente la totalidad de la ciudadanía. Y esta violencia simbólica refuerza los valores hegemónicos.

También “Dioses del estadio” es el título con que se conoce una serie de tiradas fotográficas en las que aparecen desnudos jugadores de rugby franceses, exhibiendo no solo un cuerpo escultórico bronceado en aceite o bañado en agua, sino también en pose erótica, lasciva e incluso de tono homosexual. El deseo se canaliza a través de imágenes erotizadas, el “sporno”, en que deporte y voracidad sexual se funden en la imagen de un cuerpo potente y estrategicamente deseable. Músculos en tensión. Pectorales perfectamente rasurados. Apenas un vello púbico entrevisto. El roce de dos “dioses” bajo el chorro de una ducha. El deporte se fragua a través de fotografías eróticas codificando lo que debe ser el “hombre”, reduciendo el cuerpo, el erotismo y la actividad física a una mera pulsión animal, en contradicción con todo aquello que pretendidamente defendía la Carta Olímpica. También hay cuerpos que exhiben en su anatomía la ideología del triunfo.

Las miserias de Brasil 2014

La Copa del Mundo ha comenzado en Brasil a ritmo de samba, Ricky Martin y guerrilla urbana. El carnaval del fútbol mundial ya está haciendo caja. Las favelas durante un mes no saldrán por televisión y serán vigiladas por conceptos de seguridad y por cuerpos especiales de la policía y del ejército. La huelga de transportes públicos se ha desconvocado esta misma semana, quién sabe hasta cuándo. Corre la Coca Cola y la Budweiser. Neymar, Messi y Cristiano Ronaldo llenarán pantallas y periódicos; serán de nuevo los héroes que nunca seremos, o los pectorales que siempre querremos tener. La mujer parece no existir. Pero si me apuras, tampoco parece existir Brasil en sí mismo.

 

Artículo publicado en el suplemento Postdata de Levante-EMV, 13/06/2014

 

 

 

  La barbarie deportiva

10/06/2014 00:10:32

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