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Como observó Iván Illich en 1969, “la necesidad es objeto de un aprendizaje”. Pertenecemos a una cultura que nos induce a pensar en los seres humanos como individuos cuya realidad fundamental es la carencia de algo. Así, el vocablo “necesidad” –o “necesidades”, en plural- es otra muestra más de esas palabras “amibas” que él detestaba – “desarrollo”, por ejemplo-, advirtiéndonos contra su poder devastador. Poco antes de su muerte en 1943, Simone Weil, sin embargo -ella misma contagiada por esa mentalidad de las carencias que el capitalismo, siempre salvaje, impone, produciendo miseria insustentable donde una pobreza sustentable pudo bastarnos-, pensó a cabalidad algo que nosotros, en la situación actual, debemos considerar con completa ecuanimidad: ¿Cuáles son nuestros verdaderos anhelos? ¿Qué es lo que queremos como seres en el mundo? En pocas palabras: ¿Quiénes somos? Su respuesta, pues, está contenida en lo que llamó Las necesidades terrenales del cuerpo y del alma. Es a partir de aquí, entonces, que podríamos velar porque sean satisfechas, en lugar de aquellas otras que nos atribuyen, para su propio beneficio, los idólatras de Mamnón, el falso Dios.

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